“Conocí a Miguel Hernández desde que era niño. Su necesidad y su apellido nos acercaban. (...) No le faltó mi amistad. Hice cuanto pude por él, y sen sus procesos y en sus indultos afirmé que se podía haber desorientado en sus ideas políticas pero que no había pasado de la región de la poesía a la de los hechos delictivos teñidos de sangre y ello era causa de conservar mi amistad”.
(Carta de Luis Almarcha, Obispo de León, a su amigo José Martínez Arenas, diputado a Cortes. León, mayo 1951)
Luis Almarcha y Miguel Hernández: La amistad peligrosa. (Historia de un remordimiento)
Miguel Ángel Nepomuceno
“Dicen que el tiempo lo borra todo y, a veces, lo único que hace es reavivar el fuego de los recuerdos con mucha mayor fuerza para nuestro pesar”. Esta dolida reflexión, dicha casi en un susurro por el entonces Obispo de León, Dr. Luis Almarcha Hernández, a su amigo y coterráneo, el diputado a Cortes por Orihuela, José Martínez Arenas, refiriéndose al poeta y amigo Miguel Hernández, deja entrever la sombra de algo que parecía estar remordiendo la conciencia del ilustre prelado oriolano en los últimos años de su vida: la muerte de Miguel en el penal de Alicante el 28 de marzo de 1942.
Una muerte que, según sus propias palabras, intentó evitar a toda costa pero que se le fue de las manos pensando en que con sólo él pedirlo se le trasladaría al sanatorio de Porta Coeli, en Valencia, para ser atendido de la grave tuberculosis que sufría. “Pero cuál sería su decepción, -escribió el profesor Muñoz Garrigós, -“cuando vio que ninguna de las partes a las que había recurrido le dio la más mínima colaboración, y fue entonces y sólo entonces, cuando ya todo era irremisible, cuando se apercibió de su infundado optimismo”, y concluye el académico, “ en mi conversación con el Obispo de León en 1967, tuve la impresión de que el prelado tenía ese peso sobre sí mismo, no porque no lo hubiese intentado sino porque al plantear el problema a más altas instancias, acudió a personas particularmente sensibilizadas entonces por el asesinato de sus seres queridos a manos de los del bando contrario”.
Y es en este punto donde comienzan nuestras pesquisas para tratar de vislumbrar los motivos que dieron al traste con una amistad que duró más de veinte años y que truncó, de forma irreversible, la muerte de Miguel Hernández, quien falleció convencido de que su amigo y coterráneo, el futuro Obispo de León, le había traicionado a última hora, sometiendo su libertad y traslado a que se retractase de sus escritos y al casamiento por la Iglesia Católica con su mujer, Josefina Manresa, con la que estaba unido por lo civil desde el 9 de marzo de 1937. Se trataba así de legalizar, conforme al nuevo régimen, un matrimonio que era considerado nulo.
De Orihuela a León Colección de Clásicos Españoles (Rivadeneira). “Se alegró intensamente”.
En una no muy lúcida entrevista publicada en el diario madrileño “Pueblo” el 26 de febrero de 1973 que lleva la firma de una tal A.A. el Dr. Almarcha, dice: “Contribuí de alguna manera a su formación (...) Su primer libro “Perito en lunas”, se lo edité yo, de mi peculio particular y fue impreso en los talleres de “La Verdad”, de Murcia. Me parece que me costó unas quinientas pesetas”. Es curioso que el Obispo de León no mencione en ningún momento la conversación que las otras personas que también avalaron el libro fueran el sacerdote ligado al Círculo Católico oriolano, Ramón Barber Marco, y su amigo íntimo José Martínez Arenas, a quien, sin embargo, sí menciona en los papeles que le entregó sobre Miguel Hernández. La edición costó exactamente 425 pesetas y según Martínez Arenas, en entrevista realizada en el diario “Arriba”, (septiembre de 1971), “El importe de esta edición la pagó de su bolsillo el hoy Obispo de León, que ascendió a 425 pesetas. Miguel quiso devolvérselas pero Don Luis no admitió la devolución y le dijo que se las guardara para que editara el próximo libro que escribiera”.
La amistad entre el Vicario orcelitano y Miguel comienza a hacerse cada vez más fuerte y en carta estremecedora del 10 de octubre de 1932, el poeta, que cuenta 22 años, le dice a su amigo: Perdóneme que no haya cumplido (nunca) las promesas de visitarle en casa que (siempre) le he hecho. Por timidez maldita mía. (...) Y no: tengo, tendré siempre presente, sus consejos respecto a poesía, sus amenas conversaciones, en las que aprendí bastante, sus deseos de hacer de más grande solidez mi cultura, tan débil. Y ahora: Es el caso, querido Don Luis, que deseo vivísimamente estudiar y en casa no puedo o, no quieren, mantenerme si no trabajo ( mi padre dice: si no doy “producto”, como una máquina o un pedazo de tierra). Yo me ahogo en mi casa. Me dicen que no hago nada. Y yo no respondo que en los seis meses que no hago “nada” he hecho más que nunca (dar un salto enorme en la poesía, leer muchos libros y preparar uno para dentro de unos días) porque, ¿para qué?... Ellos no sabrán nunca leer y hacer versos e inclinarse sobre la tierra, o sobre las cabras, son la misma cosa y para hacer versos, como para trabajar es periódico a los aspirantes a periodistas, así como los planes de estudio en su Escuela de Periodismo. (...) ¿Quiere usted que vaya a visitarle a su casa esta noche, entre ocho u ocho y media, y me dice usted lo que sepa de esto? ¿Hará usted, querido don Luis, hará usted que puede por lograr una beca para mí, que no quiero “trabajar”?. Hasta la noche con un abrazo. Miguel Hernández.
Don Luis le recibió aquella noche en su casa, como nos dice su sobrina María, aunque la gestión no progresó. Entonces es cuando piensa ingresar en la Base Militar de Submarinos de Cartagena, cosa que tampoco fructifica. Lo que sí dará resultado es la firma del contrato en diciembre de 'Perito en lunas'.
Las relaciones con el prelado se mantuvieron muy estrechas durante largos periodos de tiempo aunque, como dice el Dr. Almarcha, “nunca me hablaba de lo que estaba haciendo, solamente me enseñaba las cosas cuando las había hecho”. Respecto al tema religioso, dice en sus notas a Martínez Arenas: “no lo ahondamos nunca. No era menester. Miguel como su familia era creyente y practicante con la vida honrada del cristiano español. (...) Ni a él se le ocurrió nunca una duda que consultarme, ni yo dudé nunca de su fe religiosa. La síntesis de este problema me la dio el mismo Miguel en mi penúltima conversación con él, en visita que me hizo, terminada la guerra: “Nos pudo separar la política, Don Luis, pero no la religión, ni las aficiones artísticas”. No me engañó nunca Miguel ni le hacía falta engañarme”
La siguiente vez que recurre a Almarcha es al ser detenido el 4 de mayo de 1939 en Portugal, y entregado a la policía española en Rosal de la Frontera. Desde allí escribe a su esposa Josefina Manresa el 6 de mayo: “Ve a mi casa y di a mi padre y a mi madre que estoy detenido, que un día de estos me llevan a Huelva desde este pueblo y que es preciso que me reclamen a Orihuela. Que hablen con Don Luis Almarcha, Joaquín Andreu, Antonio Macando, Juan Bellod, Martínez Arenas, Baldomero Giménez y quien sea preciso para la consecución de mi traslado a nuestro pueblo”.
Tres días después es trasladado de Huelva a Torrijos (Madrid). El 28 de mayo vuelve a suplicar a su mujer “Ve si Luis Almarcha, Juan Bellod y demás amigos pueden conseguir mi libertad provisional avalándome o haciendo lo que sea posible”. El aval de Almarcha llega, pero no parece satisfacer mucho a Miguel que escribe a Josefina el 22 de agosto: (...)He recibido el certificado de don Luis Almarcha. No es gran cosa lo que dice, pero servirá a mi abogado defensor probablemente”. Parece ser, según su viuda Josefina Manresa, que lo que ponía el documento, hoy desaparecido, era: “ es un buen chico de buena familia, capaz de regeneración”, palabra esta última que enfureció al poeta quien dijo: “yo no soy un degenerado”. Tampoco se sabe si sus otros amigos Jiménez Caballero y Sánchez Mazas llegaron a presentar alguna garantía para su liberación, cosa que ocurrió el 17 de septiembre por breve tiempo.
En contra de los consejos de sus amigos, Miguel se dirige a su tierra natal. Visita a sus padres y hermanos, quienes le intentan disuadir de que no se deje ver, pero él no hace caso y frecuenta los bares y las casas de sus amigos y el 29 de septiembre de 1939 es denunciado por un oficial del Juzgado Municipal, quien lo ve cuando salía de comer de casa de la familia de Ramón Sijé. Es detenido y encerrado en el Seminario de Orihuela hasta que comienza un largo periplo por siete cárceles con la condena a muerte sobre sus espaldas, que le es conmutada por la de treinta años gracias a las presiones de sus amigos escritores de fuera y dentro de España como Cossío, fray Justo Pérez de Urbel, Aleixandre y varios más, hasta que llega a la de Alicante ya enfermo de tuberculosis.
Es aquí donde por última vez recurre a Almarcha y éste va a verle a prisión en compañía de Gabriel Sijé, Antonio Fantucci, Alonso Ortuño y el director de la cárcel. Dejemos al Obispo de León que relate él mismo lo sucedido: “No le faltó mi amistad. Hice cuanto pude por él, y en sus procesos y en sus indultos, afirmé lo que siempre tuve por cierto: que se podía haber desorientado en sus ideas políticas, pero que no había pasado de la región de la poesía a la de los hechos delictivos teñidos de sangre y que ello era causa de conservar mi amistad actual. Sus creencias religiosas, si sufrieron eclipse, lucieron de nuevo cuando indultado de la pena de muerte estaba enfermo en el Reformatorio de Alicante. Fui a visitarle a la cárcel. Pretendíamos que se permitiese llevarle a un Sanatorio conforme a sus deseos. ¡Me daba tanta pena el pobre Miguel!. El jefe de la cárcel, que me acompañaba, se acercó a la cama y le dijo: Aquí viene a visitarle el Sr. Vicario General. Miguel le contestó: D.Luis y yo somos viejos amigos. Le presenté a los que me acompañaban que querían conocerle (...) Yo con quien quiero hablar es con usted, me dijo. Y hablamos largo rato. Le dejé lleno de esperanza y de ilusiones. Me dio pena la separación, porque el aspecto del enfermo confirmaba los temores del médico. Pocos días después llegó la noticia de su fallecimiento. El Padre Vendrell, jesuita, capellán de la prisión, mandado por mí, le había visitado en mi nombre después de mi despedida. Sé que el discreto y caritativo Padre quedó contento de sus entrevistas y que Miguel lo agradeció mucho”. Hasta aquí las notas de Almarcha a Martínez Arenas.
Este lema que reza sobre el escudo episcopal del ilustre prelado parece que intentó aplicarlo a toda costa con Miguel Hernández con el fin de que se le trasladara, como era deseo del poeta, al sanatorio de Porta Coeli en Valencia, único lugar donde cabía una mínima esperanza de salvación. Almarcha, como había sucedió anteriormente, con éxito, cuando tuvo que salvar a su padre de ser encarcelado por haber matado a un hermano suyo (de Almarcha), que se había negado a ser sacerdote ( según relata Josefina Manresa), recurrió a sus amistades políticas y militares del momento, ahora sin éxito. Tampoco, según se desprende de su aval, lo hizo con la energía que en momentos como éste sería menester emplear. Resultado de ello fue la enérgica carta que Miguel escribió a Josefina desde el penal de Ocaña el 26 de abril de 1941: “Almarcha y toda su familia y demás personas de su especie que se guarden muy bien de intervenir en mis asuntos. No necesito nada de él (...) ya te contaré, y comprenderás que no es posible aceptar nada que venga de la mano de tantos Almarchas como hay en el mundo”.
Y aquí comienza el verdadero dilema de esta amistad peligrosa que se vio truncada a última hora por motivos que nunca han quedado lo suficientemente claros. La pregunta inmediata que surge es: ¿ por qué Almarcha, con el poder que tenía en las más altas instancias, no ordenó que fuera trasladado Hernández a Porta Coeli?. Para su viuda, Josefina Manresa, todo estuvo condicionado a su casamiento por la Iglesia como dijo en la conversación grabada en Cox (Alicante) el 28 de junio de 1980. “ Querían que se retractase de sus escritos y que celebrase el matrimonio por la Iglesia. Cuando Miguel se vio sin remedio, él mismo pidió el casamiento canónico ya que entonces ese era lo legalñ, y como su preocupación era lo desgraciada que me quedaba obró de esa manera con el fin de asegurarnos la legalidad a mi hijo y a mí, y por lo tanto la seguridad tras su muerte”.
Elvira, su hermana, aún albergaba la esperanza de que el Vicario de Orihuela le librase del sufrimiento trasladándole al sanatorio antituberculoso de Valencia, por lo que le aconsejó a Miguel que recurriese a Almarcha y accediese a “sus deseos de casamiento, para que tu mujer y tu hijo puedan acogerse a las leyes del nuevo régimen” (conversación con Elvira Hernández, agosto de 1990). Ramón Pérez Álvarez, compañero de Miguel en la cárcel y testigo presencial de los hechos, contó a Sánchez Vidal que: “entre todos los capellanes que había en el Reformatorio de Alicante el más famoso era el Padre Vendrell, de infausta memoria para los que estuvimos condenados a muerte. Era un comisario eclesiástico. En él delegó, después de que mediaran otros curas, D. Luis Almarcha que, en su absoluta sapiencia, sabía que era una carcoma incansable”. Algo parecido dice su otro compañero de prisión, Luis Fabregat Terrés, en conversación mantenida con Sánchez Vidal sobre el chantaje ejercido por el jesuita Vendrell “a instancias de Luis Almarcha”: “En los archivos del reformatorio no figura ninguna solicitud y sí sólo una orden de traslado, con fecha posterior a su matrimonio canónico y pocos días antes de morir. Si relacionamos esto con lo manifestado a Miguel por el señor Vendrell después de operado aquel (nosotros no vamos a conseguir de usted lo que queremos, pero tampoco usted conseguirá lo que pretende), se deduce que no hubo ningún intento de traslado sin condicionamientos”.
El pintor y arquitecto Miguel Abad que estuvo preso con él en el Reformatorio de Alicante hace también todo lo posible para sacarle de allí y recurre al Vicario General de la Diócesis, D. Luis Almarcha, pidiéndole ayuda. Esto es lo que dijo el pintor: “Fue un diálogo de silencios. Le dije que Miguel se moría y me respondió el silencio y un “yo no puedo hacer nada”.
El hermano de Miguel, Vicente, en carta aún inédita, en la que pretende refutar las versiones de las ayudas al poeta, dice que: “cinco o seis meses después de terminar la guerra, fui a ver a Almarcha y éste me negó todo apoyo diciendo que: no podía hacer ahora nada porque él no me quiso hacer caso cuando le propuse rectificar de sus ideas y de sus escritos”. Sin embargo, hay constancia de que el Dr. Almarcha siempre se preocupó por Miguel de manera directa o indirecta como manifiesta en un escrito con fecha del 2 de octubre de 1941 dirigido a D. Gaspar Blanquer, capellán del Cuerpo de Prisiones, en el que dice que “D. Vicente Dimas, cura del Altet, profesor del Instituto, tiene el encargo de visitar al recluso Miguel Hernández Gilabert de parte mía, pues tengo interés en no abandonar a este joven”.
Palabras concluyentes que vuelven a tener un mayor significado cuando ordena al Padre Vendrell que lo visite después de su despedida como ya hemos visto. En entrevista para “Pueblo” del 26 de febrero de 1973 dice el Obispo de León: “la última vez que lo vi fue en el Hospital de Alicante un par de días antes de su muerte”. Si las visitas por parte de Almarcha no se prodigaron más “puede ser debido, dice su secretario particular D. Julio Gutiérrez Frade, a que era muy sensible y no podía ver sufrir a los demás. A este respecto puedo decirle como anécdota, que cuando el padrino de D. Luis, D. Eusebio, se estaba muriendo de cáncer en Orihuela, en medio de grandes sufrimientos, Su Ilustrísima sólo fue a visitarle una sola vez porque no soportaba verle en semejante estado, aunque procuró que no le faltase de nada”.
Ramón Pérez Álvarez tiene, sin embargo, muy claro que si Almarcha no lo trasladó “fue porque no quiso. D. Luis debió mandar algún médico y menos curas. Salvada su vida, quedaba tiempo de trabajar por su alma. Podía más. No se quiso. Una vez casado, y considerada salvada su alma, Miguel podía morir en la cárcel o donde fuera”. Miguel da su consentimiento convencido de que va a morir con el fin de que su hijo de tres años y su mujer queden asentados “en la nueva legalidad (Sánchez Vidal). El casamiento se celebra el día 4 de marzo de 1942, 24 días antes de su muerte, “en rito similar al de in articulo mortis, dada la gravedad del enfermo (Sánchez Vidal)”. Sobre este particular Miguel es tajante en carta a Josefina días antes: “De lo que me dices de si es por voluntad mía o no, te digo que no. Lo que para mí es una gran pena, para ti es una alegría”. Y Josefina dijo al respecto: “El cura de la cárcel, D. Salvador Pérez Lledó, me dijo que Miguel había pedido casarse por la Iglesia, pero él decía que lo habían obligado...”, y concluye: “Miguel no creía necesaria esta ceremonia para querernos”.
El 21 de marzo un comunicado oficial del Ministerio de Justicias autoriza su traslado al sanatorio de Porta Coeli. Demasiado tarde. Miguel no se podía mover. Josefina relata así el último día que fue a visitarle, el 27 de marzo: “Esa vez no llevé al niño y me preguntó por él. Con lágrimas que le caían por las mejillas me dijo varias veces: “Te lo tenías que haber traído”. “Tenía la ronquera de la muerte. Volví a visitarle al día siguiente y al poner la bolsa de comida en la taquilla me la rechazaron mirándome a los ojos. Yo me fui sin preguntar nada. No tenía valor de que me aseguraran su muerte. Era el 28 de marzo, sábado, víspera de Domingo de Ramos”.
Pero esta siniestra historia de peligrosa amistad aún no concluiría con el fallecimiento de Miguel, ya que seis años después, en 1948, la sombra de los dos amigos y procuradores a Cortes oriolanos, José Martínez Arenas y el propio Almarcha, volvería a hacer acto de presencia en la vida de Josefina Manresa Marhuenda y de su hijo de nueve años, Manuel Miguel Hernández. Esto es lo que dice la viuda de Hernández: “Cuando mi hijo contaba nueve años se presentó en mio casa Efrén Fenoll, comunicándome que D. José Martínez Arenas y el director de la Caja de Ahorros de Nuestra Señora de Monserrate de Orihuela, señor García Rogel, habían acordado internar al niño en el Colegio de Santo Domingo de Orihuela, donde también estudió Miguel. (...) Me presenté con el niño, en compañía de Efrén, en el despacho de Martínez Arenas y nos acompañaron al colegio de los jesuitas. Éstos examinaron al niño y lo encontraron algo retrasado, pero muy inteligente. Al regreso del colegio, D. José me propuso que firmara un documento que impidiera la publicación de “Viento de pueblo” aquí y en América, diciendo que con mi firma formaría un control en América y no permitiría publicar dicho libro. Yo les contesté que no iba en contra de lo que mi marido había escrito y ya no volví por allí. Después Efrén me dijo que estas personas le habían dicho que no querían hacer nada en beneficio de la familia de un rojo”.
Y como conclusión, de nuevo las palabras de Josefina con relación a Almarcha. “Hacía poco que Miguel había muerto, cuando me aconsejaron que solicitara un estanco, que me correspondía por ser hija de guardia civil caído. A mí me alegró mucho la noticia, porque yo deseaba vivir en Alicante para estar cerca de Miguel y lo solicité allí. (...) Vino aprobada esa solicitud: nos dieron un estanco en el barrio de las Carolinas de Alicante, y precisamente ese barrio está cerca del cementerio. Pero me encontré con el inconveniente de que no tenía dinero para el alquiler de un local, ni para empezar el negocio y otros inconvenientes más pues entonces estaba el tabaco racionado. (...) Me aconsejaron que me dirigiera a alguna persona influyente para ver de conseguir los mismos derechos que los demás estancos tenían. Yo, que para pedir favores siempre he sido más corta que las mangas de un chaleco, Elvira, la hermana de Miguel, que era todo lo contrario, me empujó a recurrir a pedirle este favor a D. Luis Almarcha, y yo, con el temor de no obedecerla, pues en el fondo me repugnaba un favor de ese señor, que de ninguna manera me hubiera aprovechado. Nos presentamos en el despacho del Obispo donde entonces él tenía el cargo de Secretario. Nos recibió y escuchó con alborozo. Escribió una carta para el Administrador de Tabacalera de Alicante y le decía en ella que me atendiera y, que si él no podía resolverlo desde allí, que lo resolverían todo desde Madrid. A continuación me dijo que le llevara todo el original inédito que tuviera de Miguel, que tenía gusto de conocerlo. Él observaba mi reacción silenciosa, negativa y repetía el tema. Sabía que su deseo se desvanecía, había dado en piedra. Me salí de allí tranquila de no tenerme que arrepentir de algo que yo misma no me hubiera perdonado, ya que mi conciencia no quería hacer esa visita y me alegró el resultado negativo de la misma”.
Hacia el final de su vida, en 1972, según nos relata su secretario Gutiérrez Frade, fueron a La Murada unos periodistas de “ABC” para hacerle una entrevista con relación a Miguel Hernández “y Su Ilustrísima no los quiso recibir. Entonces yo, -dice Frade-, le insinué que si no les concedía esa entrevista podrían pensar que como ya estaba jubilado a lo mejor no regía bien o tenía lagunas, cosa que nunca tuvo pues era una persona muy lúcida. Después de meditarlo un poco dijo: que pasen, pero no mucho tiempo”. Entraron los periodistas. Yo estaba delante. Y lo primero que le preguntaron es que si, cuando estuvo con Miguel en la prisión de Alicante y se quedó a solas con él, éste se había confesado. El Obispo de León les miró fijamente y, sin perder la calma, pues era un hombre de gobierno dijo: “Lo que hablamos Miguel y yo sólo Dios y yo lo sabemos. Fuímos amigos hasta el final, el resto ya lo he dicho otras veces y ustedes lo saben por los periódicos. Siento no poder atenderles más pero se han pasado dos minutos del tiempo que normalmente concedo a los periodistas”. Alguien comentó entonces que si podían hacerle una foto y él mirándome sonriente me dijo: “Julio ponte a mi lado” y ahí quedamos retratados para la posteridad. Creo, -concluye su secretario-, y es mi modesta opinión, que el Dr. Almarcha no pudo hacer nada más que lo que hizo por Miguel. Yo lo conocí y no era de la clase de hombres que abandonara a sus amigos”.
Un retrato movido y un “sólo Dios y yo lo sabemos” ponen colofón a esta historia de “peligrosa amistad” a la que por más que reflexionemos sobre ella y por más testigos presenciales que aportemos jamás tendrá un claro veredicto de culpabilidad hacia el Obispo de León. Se han dicho cosas muy duras hacia él en momentos de resentimiento pero, y sin querer hacer de abogado del diablo, los hechos están encima del tapete. Naturalmente las dudas de si hizo todo lo posible por salvarle, o si fue poco enérgico a la hora de exigir su traslado, o si confió en que el poder de la mitra iba a ser más fuerte que el poder de los hombres, estarán siempre presentes en la mente de todos. Miguel Hernández así lo creyó y con esa certeza murió. El resto de la historia cada uno la interpretará según sus convicciones, pues como escribió León Felipe:
“Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos...
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos...
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos...
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos...
Y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
Y sé todos los cuentos”.
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