¡Tocar un sueño!

Conocí a Miguel Hernández de la forma como muchas personas lo hemos hecho: escuchando algunos de sus poemas en la voz de Joan Manuel Serrat; yo tenía 17 años.

¿Qué me seducía por aquel entonces de los musicalizados versos? En primer lugar fue la cadencia; entregada a ella podía remontarme hasta los confines del placer estético. Después... se fueron desgajando de esa comunión otras sensaciones... veía allí retratada la naturaleza: En los templados establos donde el amor huele a paja...; van los asnos suspirando, reciamente por las asnas...; la fraternidad en su “Elegía”; en qué forma se refirió a los procesos que pueblan la vida o que son la vida misma, cuando dice por ejemplo, La cabra cambia de pelo, cambia la oveja de lana... o cuando expresa Beso que rueda en la sombra, beso que viene rodando, desde el primer cementerio hasta los últimos astros. Y, poemando los procesos, habla del acto de la concepción Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan, en la carne talada. Habla de la esperanza en Para la libertad, de amor en Menos tu vientre y, ¡cómo encontraba yo de actual su descripción de El niño yuntero!

Entregada a la cadencia y ya embebida en las sublimes metáforas, volaba en el vehículo de sus palabras trenzadas bellamente. Quería además, que mis amistades preferidas se entregaran al mismo viaje que yo realizaba; deseo frustrado, pero que, sin embargo, dio fruto: una amiga me obsequió por cumpleaños Perito en lunas, Poemas de adolescencia y Otros poemas.

Zambullirme en este libro me produjo una extraña sensación de entumecimiento, de cuadrícula, de molde... no me era fácil volar en las palabras... a pesar de ello, ya había degustado sus metáforas y lo seguía haciendo. Ahorrando de mis mesadas, aún era estudiante, me compré El rayo que no cesa, Viento del pueblo y El silbo vulnerado. Entonces sí quedé atrapada. Buena parte de mis ahorros, en adelante, fueron a parar a las librerías; mas poemas y algunas biografías.

De este período de encuentro con el poeta, traigo conmigo tres asuntos: Un libro, un vicio y un sueño.

Un libro: El rayo que no cesa, Viento del pueblo y El silbo vulnerado, me acompañó durante años a clase en la universidad, a paseos, reuniones, conferencias etc.; así como las mujeres llevamos siempre en la cartera nuestra cosmetiquera, yo tenía conmigo el libro de Miguel. Este librito sabe de tormentas, de exámenes, de hambres, de discusiones... tiene manchas como la vida las tiene; huele a historia pues ha ido sumando el olor que trae consigo cada suceso; se ha tornado sepia, color aliado de lo antiguo; perdió sus ángulos rectos, hoy sus extremos son romos... sin embargo, algo no varía: es compañero fiel.

Un vicio: Recorro con reverencia los cementerios de las ciudades y pueblos que visito, pues esos lugares albergan pedacitos de materia, que en algún momento fueron habitados y sacudidos por avatares y regocijos de la vida. Allí, la inmovilidad me abruma y presiento en cada nicho, hombres y mujeres que la estructura social y económica de las sociedades humanas, los y las candidatizó a la sepultura y al silencio. En cada cementerio me pueblo de talentos amordazados, ideas congeladas, impulsos amputados y, tantas, pero tantas posibilidades de armonía social encarceladas bajo la tierra. Entonces asumo comprometida la responsabilidad de tener vida.

Un sueño: Conocer los sitios que La Tierra dispuso para el breve recorrido de la vida de Miguel. Siempre deseé hacerlo sola y cuando por fin pudo ser, muchos años después de haber engendrado el sueño, ninguno de mis familiares residentes en Madrid pudo brindarme compañía; sueño cumplido, deseo también.

A medida que el bus se desplazaba hacia el sureste, mis ojos y ese intangible espacio donde se guardan las sensaciones y los sentimientos, se iba comprimiendo; ¡qué desolador paisaje para un sueño que venía del trópico suramericano! En algunos momentos llegué a pensar que por algún artificio contrario a mi voluntad, la vida me había descargado en la Luna. El bus tragaba camino y yo lo tragaba con él.

¡Llegué a Orihuela!, casi noche; con la luz suficiente para que una primeriza visitante pudiera encontrar donde pasar una cómoda y económica noche. Era tanto el placer de estar tocando mi sueño, que mi inconsciente me hizo creer que la Casa Museo, a esa hora, estaría abierta para mí y..., bueno, con el apoyo de personas amables del pueblo, me di a la búsqueda del lugar preferido de mi sueño. Estaba ya oscuro, pero las luces de la ciudad hacían acogedora mi marcha; sin embargo, justo al voltear para recorrer la calle que termina en el Arco de la Vírgen, ¡qué oscuridad! ¡Qué incomprensible bullicio! Siluetas y figuras humanas corrían, gritaban, entraban y salían zigzagueando por los callejones perpendiculares a la senda que yo caminaba; lo dicho –pensé-, ¡estoy en la Luna! de no serlo, por qué no entiendo siquiera lo que hablan en la Madre Patria. Supe después, para mi tranquilidad, que el sector era habitado por la comunidad Gitana.

¡Por fin crucé el Arco de la Virgen! ¡La Casa!... pero otra desventura me esperaba: un lacónico letrero anunciando que los lunes, y era lunes, no estaba abierta; martes a partir de las 10 a.m... entonces y como dicen en España, ¡mi gozo en un pozo!. Volví al hostal; una vez allí, di orden a mi ánimo para que se desarrugara mientras mi cuerpo dormía.

Día martes. Después de gestionar mi regreso a Madrid, volví sobre mis pasos. Todo era quietud en los callejones que la noche anterior me habían desconcertado con la algarabía; cruzo el Arco de la Vírgen y... ¡qué veo! Un edificio cuyo nombre me hizo sentir parte de una familia: Centro de Estudios Hernandianos. La Casa... bueno... sí, la casa..., pero, las sensaciones que me produce la Casa son..., ¿cómo decirlo?... individualistas... sólo mías; el hecho que existan amigas y amigos de Miguel Hernández, lo perpetúa, nos perpetúa, pues podemos saldar una deuda con la historia, al ubicar en ella a Miguel, en el lugar que le corresponde como poeta, como político y como hombre.

Visité el Centro y visité la Casa; me encontré con personas cálidas y acogedoras, con el espíritu en esparteñas, es decir, sin acartonamientos, sencillos y sencillas; hasta en eso fieles al Miguel que he forjado a punta de poemas. Dejé a Orihuela y a España; ahora no sólo volaba en las palabras bellamente trenzadas por el poeta, también volaba en las vivencias del recorrido por los lugares queridos por Miguel y con la gente querida que hoy rodea su memoria.

Londres unos días después. Tocan la puerta dos damas españolas inquiriendo sobre los males que afectan el mundo. Para entonces sólo era amenaza la invasión a Irak; sostenían ellas que había que buscar la mediación de un ser superior, para superar este momento aciago de la historia; yo les argumentaba que la ambición humana creaba problemas que era menester resolver entre humanos. Así, conversando, conversando, fuimos adentrándonos un poco por los linderos de la filosofía; las damas entendieron que esta disertación quedaría en tablas, como suele suceder en el ajedrez, razón por la cual me propusieron despedirse con una lectura del Rey David, contenida en la Biblia que una llevaba en la mano. Les propuse entonces un acuerdo: yo escucharía al Rey David y ellas escucharían un poema, “Las desiertas abarcas”, de un libro de Miguel que había comprado en la Casa Museo. Las damas, sorprendidas con mi propuesta, me enviaron de primera al ruedo de la lectura y..., como no puedo leerlo sin emocionarme, mezclé sus palabras con mi adrenalina... ¿el resultado? La emoción se triplicó en el ambiente y sobrevino la pregunta: ¿Quién es el autor de tal inspiración? Me regocijé en la respuesta: Es cosa de humanos; además, patrimonio cultural de ustedes, Miguel Hernández. Ninguna de mis dos interlocutoras había escuchado ni su nombre ni su historia. Cumplí el acuerdo, escuché atenta al Rey David... ¡nos agradecimos la clase de literatura!

¿Quién ha sido Miguel Hernández para mi? La persona que habla de las cosas humanas bellamente, pero sin atavismos: Por el lugar mejor de tu persona, donde en capullo tórnase la seda...; ...la pena tizna cuando estalla...;...y hace silbar... lo ha comprobado; yo nada mas soy yo cuando estoy solo...; yo no quiero agregar pechuga al polvo, me niega a su destino...; pero la cicatriz mas dura y vieja reverdece en herida al menor golpe...

La persona que concilia los contrarios, ¡de que forma!: Date presa de amor mi carcelera...; Ante la vida sereno, ante la muerte mayor...; Gozar y no morirse de contento, sufrir y no vencerse en el sollozo...; me enorgullece el título de animal en mi vida...; sigo en la sombra lleno de luz...

La persona que exalta la naturaleza, hermanándola: Ni al relámpago ni al trueno puedo tenerles temor...; En el campo te espero mi destino...; En mi tierra moriré entre la raíz y el grano...; ¿Cuándo vas a volver? ¡Cuando sean gusanos las manzanas de ayer!; En cuclillas ordeño una cabrita y un sueño.

Y por último; la persona que hace una patética radiografía de la sociedad humana e invita al compromiso por la justicia; baste sólo traer a la memoria la “Canción del esposo soldado”.

¡He degustado con fruición este regalo que la vida nos ha proporcionado! ¡He tocado un sueño!

LÍA ISABEL
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