
Nació en Biar en 1925. Pasó su infancia y primera enseñanza en Novelda, hasta 1936. Viajó como “niño de la guerra” por Barcelona, Marsella, San Juan de Luz, San Sebastián, Berástegui, Salamanca, Candelario, Málaga y Álora, hasta abril de 1939 en que regresa a Novelda. Como consecuencia de ello, tuvo la necesidad de trasladarse a Madrid durante 25 años, un cuarto de siglo que resultó determinante en su formación personal: Bachillerato, Derecho, Milicias Universitarias, boda, nacimiento de cuatro hijos, muerte de la madre e inicio de su actividad cultural y literaria. Trabajó como caricaturista personal en “Triunfo” de José Ángel Ezcurra y “Don José”, de Antonio Mingote. En lo literario, colabora en la revista universitaria “La Hora”, dirigida por Gabriel Elorriaga, “El Español”, de Rafael García Serrano y, sobre todo, tiene una intensísima actividad en el semanario “Juventud”, a cargo de Jesús Fragoso del Toro, donde tiene como compañeros a Jaime Campmany, Manuel Alcántara y Carlos Luis Álvarez, entre otros.
Regresó a Novelda en 1965 para asumir tareas directivas en la empresa privada, concretamente en la exportación de mármoles. Consecuentemente, disminuyó su producción literaria, prácticamente reducida a puntuales y frecuentes colaboraciones en las revistas locales “Betania” y “La Santa”. En 1990 reanudó su tarea periodística, colaborando con artículos de opinión, en la edición alicantina de “ABC”, mientras la hubo; también trabajó durante varios años en “Hoy”, de Elche, “La Prensa”, de Alicante y “El Periódico de Alicante”, con esporádicas colaboraciones en “El Mundo” y “Las Provincias”.
Hombre polifacético, también ha realizado tres exposiciones de escultura: dos en Novelda (1991 y 1992) y una en Madrid (1992).
Y en cuanto a los libros que ha publicado, hay que destacar títulos como: “Entre azules” (2001); “En aquel tiempo” (2002); “Trinidad de la palabra” (2003), ficción novelada de una tertulia semanal en el cielo, entre Miró, Hernández y Azorín; “Vicente Ramos: Alicante”(2004); “Breve evangelical”, conjunto de narraciones y meditaciones sobre ángeles y Evangelios; “Creo en nosotros” (2004), suma de reflexiones muy personales del autor; “Una vida en tres días” (2006); “Diálogo simbólico” (2007); “El mar” (2009); y “Compañero del alma, compañero” (2009).
ENTREVISTA
- Su último libro, “Compañero del alma, compañero”, está escrito totalmente en verso, a pesar de ser un libro de ensayo. ¿Por qué eligió entonces la forma versificada como medio de expresión?
Está escrito en verso, pese a ser una colección de ensayos, porque reviste la forma de una conversación personal, de amigo a amigo, entre el autor, yo, que habla y el poeta, Miguel, que escucha, desde otra dimensión. Y le hablo en su idioma, como él siempre lo hizo conmigo. En verso y, además, en verso endecasílabo, el metro que tanto enalteció nuestro poeta. Se trata, pues, de un ensayo de ensayos versificados.
- En el libro se hace referencia a la ausencia del mar en los poemas de Miguel Hernández, y usted plantea algunas hipótesis al respecto pero, ¿a que cree que es debido realmente?
Es mi gran incógnita. ¿Por qué tan poco mar en Miguel Hernández, un poeta mediterráneo, aunque de tierras adentro? Tan cerca de la grandiosa entidad universal y poeta de secano. Parece una judiada. Tal vez lo visitó poco o, a lo mejor, su padre, no lo trajo jamás a pasar un día en la playa. De otro modo, el mar lo hubiera captado con su fluida sugerencia. Miguel resulta, además, un alicantino que no ejerce. No airea sus señas de identidad. Tan lejos en este sentido de Azorín, para quien Alicante era la provincia más completa de España o de Miró, que tenía los ojos tan claros de tanto mirar nuestro cielo. Miguel es un hombre del mundo. Un ser humano del universo. De un universo de versos.
- Debido a las complicadas circunstancias que vivió de niño por causa de la guerra, ¿se siente de alguna manera identificado con el poeta oriolano?
Viví complicadas circunstancias, ¿quién no?, en la maldita guerra, cuyos efectos aún me alcanzan a veces. Pero no es por ahí por donde me identifico con Miguel. Me identifica con él el horror y el sufrimiento, la maldad de unos locos sin garantía partidaria de bandería. Su calidad de hombre hecho para morir, y la asunción de sus enormes sufrimientos, desconciertos, confusiones y atroz final. Estoy con el hombre que sufre y llora, que no es comisario político sino un ángel increíble dispensador de bondad y belleza.
- ¿Es quizá consecuencia de ello que decidiera escribir este libro-homenaje a Miguel Hernández, de cuya lectura se desprende ese hermanamiento entre ambos?
Considero que esta pregunta se contesta con la respuesta anterior. Me hermana la sensación de ser alcanzado por su sangre, por esa sangre que no deja de cursar por sus páginas como un rayo incesante; que las unta de dolor encarnado. Querría, en cierto modo, poéticamente, literariamente, sangrar a su lado. Compartir su raro modo de estar, tan brevemente, en este valle de lágrimas.
- De todos los libros que ha publicado, ¿tiene éste algún significado especial por coincidir con el Centenario del nacimiento del poeta?
Quedaría muy bonito decir que sí. Pero sería faltar a la verdad. En realidad este libro es la puesta en verso de un ensayo más dilatado en prosa que escribí hace años y no cuajó editorialmente. Luego, después de tanta lectura y relectura de Miguel, decidí darle la forma de una larga conversación con él, versificada. Porque necesitaba hablar con él. Y hacia su final, me ha alcanzado la coincidencia temporal con la fecha de su centenario, circunstancia no buscada, pero de la que me hago cargo muy gratificado. Por la gracia de Dios, puede considerarse un libro homenaje, aunque ya lo era, inscrito entre los que se le dispensarán por toda España en 2010. Espero. Yo habría escrito igual y ahora este libro, aunque no estuviésemos en el año en que estamos. El del centenario del “garcilasillo de la Vega del Segura”, que tanto me recuerda al caballero enamorado que murió a las puertas de Niza como capitán de Carlos V. Éste, el nuestro, soldado del Quinto Regimiento, y muerto a las puertas de Alicante, como vencido preso. Ambos, además, nacidos en dos ciudades con mucho olor a incienso. Muy curiales. Orihuela es la Toledo del sureste. Otra de palmeras...Y a la misma edad. Una edad en la que no hay derecho a morirse…Los dos con el mismo “dolorido sentir”.
- ¿Cuándo comenzó a interesarse por la figura de Miguel Hernández?
Cuando cayó su/mi primer libro en las manos. Hace mucho tiempo. Soy un hombre mayor. En Miguel recalas y te ocupa. Es automático. Salvo que seas un animal. Fue una revelación, un lanzazo al corazón, un clamor (esa palabra y tan suya) en el alma, que inmediatamente se le hizo compañera.
Luego, conociéndola más, mucho más, a través de mi queridísimo amigo Vicente Ramos Pérez, uno de los hombres que más y mejor ha querido a Miguel, erigiéndose en su entrañable y arrojado albacea, acompañado por el común amigo Manuel Molina. Se hicieron cargo de las tribulaciones de su viuda, del cuidado y ordenación de sus papeles y asuntos, de la escolarización de su hijo, en tiempos en que aún no habían cicatrizado muchísimas heridas, y ser amigo de las cosas de un “rojo” era todo un destino hacia la calamidad personal, por llamar dulcemente el auténtico peligro.
Y se hicieron cargo de él. De lo que quedaba de él; al borde de la misma fosa común, dando a sus pobres restos un alojamiento decente, oficial, organizado y visitable, con el concurso financiero de todos los poetas de España. Vicente es para mí el más ilustre alicantino vivo. Y lo es antes que nada, por el modo valiente y generoso en que supo ser amigo y compañero de su alma.
- ¿Tiene algún proyecto más en marcha para colaborar con este Año Hernandiano?
No. De momento, no. Ya he llorado bastante con Miguel a lo largo de estos centenares de endecasílabos. Ello no es óbice para que, encantado, acudiera a donde me llamaran para tratar de Miguel y sus cosas. Al servicio de Miguel Hernández Gilabert, a Luis Beresaluze Galbis le gustaría poder ocupar siempre un puesto en primera fila.
- ¿Qué opina de la labor que realiza la Fundación por la difusión de la vida y obra de Miguel Hernández?
Muy meritoria, organizada y responsable. El pobre Miguel, que de tan pocas cosas disfrutó en la vida, ha tenido buenos amigos en la muerte. Y buen suceso posterior. No todos los poetas desaparecidos pueden decir lo mismo. Todo tan merecido que reconforta con esa humanidad que tanto le hizo sufrir, la de todos los malditos colores. La tan capaz de amar y odiar...
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