Casas Museo, Fundaciones y Bibliotecas


“En la ciudad gaditana de El Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de un viejo matador de toros –Mazzantini-, había un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado la Arboleda Perdida.”


En la bahía gaditana, bahía de mitos y leyendas, entre añiles y blancos, azaleas y jazmines, playas y jardines, surge el Puerto de Santa María, ciudad vinícola y pesquera, de perfumados lagares y encaladas viviendas. Entre sus estrechas, pero despejadas calles, en una de sus casas, blanca y luminosa, hallamos la Fundación Rafael Alberti.

Una vez entramos sentimos una trasformación, un cambio, el cambio que Rafael Alberti vivió. Sede de poesía y creación literaria, un lugar abierto y tranquilo donde el visitante se puede dejar llevar por un aire de paz.

Sus paredes son un recorrido de luminosidad, de destellos de color que muestran ese amor que el poeta sintió por su tierra y su mar -su mayor fuente de inspiración- por el sol, la naturaleza, la luz, el color, la libertad, el erotismo, la pureza, el amor, la pasión. Una pintura literaria donde Alberti no describe, expresa; una iconografía de la imagen que denota los saberes populares de su tierra, donde lo lúdico cohesiona con una visión trascendental del mundo, y en ese juego de dibujos picarones y jocundos, suscita la experiencia catártica del que la contempla, que como en el carnaval, jugando, descubre el mito originario, desnudo, de la realidad de un pueblo.

La inquietante personalidad de Alberti, siempre deslumbrado por la belleza, se plasma no sólo en su pintura sino en sus escritos. Su obra es un recorrido por la realidad que le tocó vivir. Paisajes, azules y cales y, sobretodo, el mar, esa mar que ilumina su infancia y que se convertirá en una constante, casi obsesiva, en un intento desesperado por recuperarla, como lienzo donde pinta la belleza lúdica y festiva de sus años de juventud y, más tarde, su destierro cargado de insatisfacción, de nostalgia de libertad y añoranza de su Puerto y de su España, con los que volvería a reencontrarse treinta y un años más tarde y, en su último y más íntimo anhelo, a fusionarse.


“Y una larga memoria, de la que nunca nadie podrá tener noticia errará escrita por los aires definitivamente extraviada, definitivamente perdida”.

No será así para aquel que fue marinero en tierra, cuya memoria permanecerá siempre viva en su obra y en esta casa.

Pilar C. Zarco.
Verónica G. Ortiz.



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