
Cano Ballesta, Juan,
“La imagen de Miguel Hernández (Iluminando nuevas facetas)”,
Madrid, Ediciones de la Torre, 2009, 233 pp.
El reconocido investigador hernandiano Juan Cano Ballesta, considerado una autoridad mundial en la figura literaria de Miguel Hernández, a la que ha dedicado más de cincuenta años de estudios y ediciones, culmina ahora sus investigaciones con la publicación de su último trabajo “La imagen de Miguel Hernández”, en el que nos ofrece numerosos estudios sobre la vida y obra del oriolano, su compromiso social, moral y sus relaciones con los grandes escritores, artistas e intelectuales de su tiempo. Además, incluye los artículos que el poeta firmó con el seudónimo de Antonio López que fueron publicados en el monográfico de “Ínsula” de 1992, e incluso llega a relatar cómo llegaron a sus manos los títulos escritos de “Perito en lunas” de puño y letra del alicantino. Cano Ballesta se suma así a la larga lista de efemérides que se vienen realizando con motivo del Centenario del poeta.
El libro que ahora publica se inicia con una dedicatoria prologada a cargo de Francisco Esteve, Presidente de la Asociación de Amigos de Miguel Hernández, que da comienzo con unos versos escritos por el propio Hernández en los que reflexiona sobre el quehacer poético:
“El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo”.
Con estos premonitorios versos que el oriolano dedicó a Vicente Aleixandre en su obra “Viento del pueblo” (1937), se inicia este prólogo-dedicatoria en el que se ensalza la figura del profesor Juan Cano Ballesta como uno de los hispanistas más destacados del último siglo, cuyos trabajos constituyen un referente para todos los estudiosos. Se trata de una obra de compilación de estudios, revisados, corregidos y actualizados, para ofrecernos una visión poliédrica de la imagen hernandiana, a través de la multiplicidad de perspectivas que aparecen recogidas y que son consecuencia de muchos años de investigación.
El autor nos invita, a lo largo de los 17 capítulos que componen la obra, a realizar un viaje en el tiempo, retrocediendo hasta los difíciles años 30, época en la que el alicantino viajó a Madrid, para ofrecernos una panorámica sobre la intensa vida del poeta.
La primera de esas retrospecciones nos lleva a detenernos en una nostálgica remembranza sobre los recuerdos de infancia que el autor posee sobre el poeta de Orihuela. En ella explica cómo en los cursos de bachillerato ni siquiera se nombraba al alicantino, ni a otros literatos como Pío Baroja o Benito Pérez Galdós, por considerarlos ateos y anticlericales. Fue ya en los años cincuenta cuando comienzan a resonar, evocados con voz baja y cierto tono nostálgico, los ecos del poeta oriolano. Fascinado por su pasión, su fuerza y su frescura, Cano Ballesta se decidió a escribir su tesis doctoral sobre Hernández, obra de referencia, que fue posteriormente publicada en 1962. Así, decidió visitar Orihuela para recabar datos que le fueron facilitados de la mano del abogado José Martínez Arenas y Federico Andreu Riera, quien le proporcionó un precioso ejemplar de “Perito en lunas”, dictado por el propio Miguel, que contenía los temas de todas las octavas del libro, y gracias al cual se ha podido comprender el hermetismo gongorino que caracterizaba a las 42 octavas reales, y por lo que ha recibido la gratitud de numerosos críticos.
La primera parada de este viaje nos lleva a analizar, en primer lugar, la presencia del poeta en el debate cultural de los años treinta, en los que todavía resonaban los últimos ecos del gongorismo y donde proliferaban las vanguardias que prepararon el terreno a los poetas del 27. Se describen sus relaciones en Madrid con los artistas de la Escuela de Vallecas, donde conocerá al pintor Benjamín Palencia, al escultor Alberto Sánchez Miguel (con quien coincide en apreciar el papel fundamental del toro), a la pintora gallega Maruja Mallo (con la que mantuvo una aventura amorosa y a la que dedica algunos poemas de su libro “El rayo que no cesa”), y a José María de Cossío, director literario de la enciclopedia “Los toros”, que le ofrece trabajar con él, viendo así la posibilidad de seguir en Madrid donde piensa que le esperan tiempos mejores. Con ellos mantuvo un contacto frecuente e intenso que significó mucho para el oriolano, ya que se sentía identificado con la propensión de estos artistas plásticos hacia lo rural. Ese aprecio que Miguel sentía por la sencillez y sobriedad del campo castellano, comulgaba, perfectamente, con la estética del grupo de Vallecas, y se alejaba, definitivamente, del mundo metafórico de “Perito en lunas”. Muestra de ello son sus poemas revolucionarios “Sonreídme” y “Alba de hachas”, en total consonancia con los de la Escuela de Vallecas.
Ese cultivo de la poesía proletaria, junto con el abandono de la percepción teológica de sus años adolescentes, desembocará en un cambio profundo que le alejará de la conservadora Orihuela, acercándole a las ideas progresistas de Madrid en los años de la República.
La permanente movilidad de Miguel nos conduce, a continuación, hacia los duros años de guerra, que decantaron al alicantino hacia un tipo de poesía convertida en grito de protesta para defender al oprimido, empleando imágenes y visiones que reflejarán los horrores de la guerra. Su actuación como poeta en el frente le llevó a escribir diversos artículos, que en aquel entonces quedaron sepultados en viejas revistas durante varios años, algunos de los cuales firmó bajo el seudónimo de Antonio López y que Cano Ballesta recoge en el volumen (“El hijo del pobre”, “Los hijos del hierro”, “Los problemas del pan”…). Estos artículos reflejan los distintos géneros que el alicantino cultivó en la prensa de la época, como la crónica y la narración épica.
Al comenzar la Guerra Civil, escribe Miguel algunas obras breves: “La cola”, “El hombrecito”, “El refugiado” y “Los sentados”, y una extensa en verso: “Pastor de la muerte” (1937). Son obras de propaganda política para animar a los soldados republicanos desde el bando comunista.
Su incursión en la dramaturgia también tiene cabida en nuestro inusitado viaje, y se inicia con la publicación de su auto sacramental “Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras” (1934), en la prestigiosa revista “Cruz y Raya”, como consecuencia de la admiración que despertó la nueva dimensión social que Miguel otorgaba a su auto teológico, en el que los personajes se alzaban con la bandera de la revolución, y en un clima contrario a las corrientes de pensamiento vigentes. Como cita Francisco Javier Díez de Revenga:
“La ocurrencia de escribir en plena España republicana una obra de tan altos vuelos religiosos no podía sino responder a una actitud deliberadamente apostólica”.
(p. 48)
El poeta provinciano enriqueció el panorama literario de la capital con notas de ingenuidad y autenticidad, tan escasas en el ambiente artístico de la época. Su auto sacramental, por su osadía innovadora, irrumpe en ese mundo laico de la Segunda República y abre a Miguel las puertas de los ambientes intelectuales madrileños, que irónicamente estaban a favor del lado conservador y con los que el oriolano rompería pronto.
El primer cambio en su dramaturgia se produce con “El torero más valiente”, lo que nos lleva a realizar un alto en el camino para detenernos en el estudio de su amistad con el poeta granadino Federico García Lorca. Una relación amistosa de reconocido interés biográfico, literario y político.
Miguel estaba deseoso de abrirse camino en Madrid. Sentía admiración por Lorca y quería conocerlo. El encuentro entre ellos tuvo lugar en enero de 1933, en casa del periodista murciano Raimundo de los Reyes, cuando éste iba a publicar en la editorial “Sudeste”, de la que era director, su poemario “Perito en lunas”.
Aparentemente todo fue bien, pero Miguel acabó desencantado ante la pasividad del granadino.
Ya de vuelta a la capital, Hernández se encuentra con Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco, que intervinieron en su favor ante Federico García Lorca para que éste le ayudara a estrenar su obra de teatro “El torero más valiente”, en homenaje al torero Ignacio Sánchez Mejías. Pero del poeta granadino no obtendrá ningún tipo de respuesta, lo que hace que poco a poco se vaya desencantando. Miguel rogaba al director de La Barraca que llevara sus obras a escena, pero no obtenía respuesta alguna a sus cartas. Cano Ballesta comenta en el volumen que de las cinco misivas que Miguel dirigió a Lorca, sólo obtuvo respuesta a una de ellas. Lo cierto es que su amistad no prosperó debido a las desigualdades sociales que existían entre ambos: uno, poeta provinciano, y el otro, hombre acomodado de prestigio intelectual. Sin embargo, y a pesar del desencanto que sufrió ante sus expectativas de amistad, cuando Lorca es asesinado, el oriolano le dedica memorias y homenajes como muestra de su admiración y respeto, ya que el poeta ha sido asesinado vilmente a manos del fascismo. En palabras de Cano Ballesta: “Se convierte en símbolo de la barbarie fascista”. Prueba fehaciente de estos homenajes será la elegía que le dedica en “Viento del pueblo”, como muestra de su pena ante la muerte del gran poeta.
Pero la osadía literaria del alicantino le llevó a recibir las alabanzas del gran Juan Ramón Jiménez (exponente, en aquellos años, de la poesía pura) y del que se alejará, debido a la llegada de Pablo Neruda a Madrid en 1935, ya que el poeta chileno impresionó a los jóvenes con sus manifiestos de poesía impura. Esa poesía que brota del corazón y que resultará dominante en los sonetos que componen “El rayo que no cesa”, y que nos conducen, inevitablemente, a nuestra siguiente parada, en la que el autor trata ampliamente la amistad del alicantino con el poeta chileno Pablo Neruda.
Entre 1935 y 1936 compone una serie de largos poemas sueltos, donde resaltan claramente notas de irracionalidad, imágenes visionarias y atributos surrealistas. Todo esto se relaciona con el influjo de Aleixandre y de Neruda, pero también con el abandono del catolicismo y la búsqueda de nuevos valores por parte del poeta, y se tradujo en composiciones de gran libertad formal en las que los temas de la muerte o la angustia se revelaron como fundamentales. A medida que se va enriqueciendo la vida interior del poeta, el paisaje levantino, tan importante en su poesía anterior, va perdiendo su valor simbólico siguiendo la estela de los del 98, e irá desapareciendo, poco a poco, a favor del hombre, que se convierte en el verdadero protagonista.
“La Residencia” de Neruda enriqueció las posibilidades de creación artística y actuó como revulsivo contra la estética imperante, la poesía purista. Miguel mantuvo una estrecha amistad con Pablo Neruda, que resultaría decisiva para su trayectoria poética. El chileno le empujó a liberarse de los moldes clásicos para dar rienda suelta a su instinto poético. Como se evidencia en su poema “Vecino de la muerte”, publicado en el primer número de “Caballo Verde” en octubre de 1935, que demuestra la liberación definitiva del lenguaje poético utilizado por el levantino hasta ese momento. Amistad, la del chileno, que fue correspondida por parte de éste como se refleja en su poema “El pastor perdido”, perteneciente a su libro “Las uvas y el viento” (1954). Miguel se estrena como crítico literario con la reseña la “Residencia en la tierra”, que apareció publicada en los folletones de “El Sol”, y cuyo texto cita así:
“Ha llegado este libro a mis manos, y su lectura -repetida inagotablemente- se graba para siempre con mi sangre.
Es una guitarra del corazón la que oigo, es un Pablo del corazón el que veo ante mí, cubierto de relicarios de barro, triste y amargo, (...) La voz de Pablo Neruda es un clamor oceánico que no se puede limitar, es un lamento demasiado primitivo y grande, que no admite presidios retóricos”. (p. 134)
Esta crítica marca la rebelión contra la lírica anterior y postula una poesía impura en sus temas, su lenguaje y sus formas. Y así, con el entusiasmo que le produce “Residencia en la tierra”, se lanza a escribir poemas nerudianos como: “Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda” y “Mi sangre es un camino”, poemas en los que se repiten las enumeraciones de objetos inertes, el empleo del gerundio y los juegos fónicos y sintácticos.
“Alrededor de ti y el vino Pablo,
todo es chicharra loca de frotarse,
de darse a la canción y a los solsticios
hasta callar de pronto hecha pedazos.
besos de pura cepa, br4azos que han comprendido
su destino de anillo, de pulsera: abrazar.”
“Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda”. Miguel Hernández.
Fruto de una incipiente y significativa hondura dramática, Miguel Hernández aborda entonces la creación poética revolucionaria, el teatro social, alentado por la revolución de Asturias (1935) en su drama “Los hijos de la piedra”.
Emprendemos ahora nuestro viaje rumbo a Rusia, a la que acudió el oriolano para estar presente en el V Festival de Teatro Soviético. Allí permanecerá algo más de un mes, y a su vuelta publicará sus obras “Teatro en la guerra”, “Viento del pueblo” (1937) y el drama social-reivindicativo “El labrador de más aire” (1937), que completan este interesante volumen.
Al final de la obra aparece un breve apéndice sobre las publicaciones del profesor Cano Ballesta, que deja constancia fidedigna de la ingente producción literaria del investigador.
Y así llegamos al final de nuestro viaje, que no es otro que la culminación de una rica e inusitada trayectoria literaria, de un gran poeta, cuyos rápidos cambios de estilo, manifiestan, con especial profundidad, su grandeza y su valor, ya que va ligada, indisolublemente, a la realidad histórica que le tocó vivir, y que ha dado lugar a una renovación continua convirtiendo su obra en un extraordinario ejemplo de vitalidad creadora.
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