PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MIGUEL HERNÁNDEZ 2009
CON SU OBRA “EL VIENTO EN LAS RUINAS”

Este autor es natural de Fernán Caballero (Ciudad Real), donde nació en 1955, pero creció y pasó su infancia en La Puebla, caserío –hoy despoblado– de una finca agrícola situada en las riberas del Jabalón, entre viejos volcanes erosionados y llanuras esteparias. Son la casa y el paisaje que aparecen reflejados en algunos de sus libros, tanto en “Por las deshabitadas arboledas” como en “El viento entre las ruinas”. Siendo adolescente marchó a vivir a Madrid, donde actualmente reside, para realizar sus estudios universitarios.
Es licenciado en Filosofía y Letras, y ha trabajado como periodista, investigador y docente.
Ha colaborado en la creación y puesta en marcha de algunas revistas literarias (“Zurgai”, “Yambo”, “Manxa”) y organizaciones culturales como el Ateneo de Pozuelo, o la Fundación Gerardo Diego. También ha coordinado la edición de obras colectivas sobre muchos poetas contemporáneos: Gerardo Diego, José García Nieto, Luis Rosales Carmen Conde, entre otros. En 2007 organizó las primeras “Jornadas sobre Blas de Otero”, algunas de cuyas ponencias se han publicado en el Boletín de la Fundación Federico García Lorca.
Como antólogo ha preparado y publicado (en sendas ediciones del Aula Gerardo Diego) la “Antología recordada de José Hierro” (1994) y “Frente al Espejo” (1999) (Antología de Juan Van-Halen). En la editorial Visor apareció “La vida entera” (2002), antología de sonetos de Juan Van-Halen, y en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares, “Espejismos” (2005).
Como poeta ha publicado: “7 x 7 Antología” (Bilbao, 1975), “por las deshabitadas arboledas” (Madrid, 1991; Premio Blas de Otero 1990), “El aroma del Tacto” (Madrid, 2000; Premio José Hierro 1999), y “Otoños del amor” (Valdepeñas, 2002) y este mismo año “El viento entre las ruinas”, que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana y ha sido publicado por la editorial Hiperión (Madrid, 2009).
El poemario ganador es una obra muy personal, íntima en algunos momentos, en la que el autor reflexiona sobre la destrucción y desaparición de las casas en las que ha vivido a lo largo de su infancia y juventud, símbolo de las relaciones familiares y personales, y de un modo de vida, el del campo y, simultáneamente, va rescatando la voz de las personas que las habitaron al tiempo que reconstruye la casa familiar y su memoria.
No ha sido una obra fácil de escribir: casi diez años le ha llevado su conclusión.
- Vd. ha sido galardonado con diferentes premios. ¿Qué ha significado éste en particular?
Todos los premios tienen su importancia. Pero, por distintos motivos, el “Miguel Hernández” ha sido un premio trascendente para mí. No sólo por la alta consideración de la que goza este certamen en el ámbito de la poesía española –aunque casi sería más correcto decir “de la poesía escrita en español”, pues es obvio el interés con el que se sigue desde Hispanoamérica–, ni por su publicación en una de las editoriales contemporáneas más importantes, con lo que se garantiza su conocimiento y difusión, sino porque mis vínculos con la figura y la poesía de Miguel Hernández no son sólo estéticos (los que unen a un maestro y a un discípulo), sino éticos (los que unen a personas de similares convicciones morales). Mi cultura de origen, mi infancia rural, mi primera adolescencia como becario en un colegio religioso y el temprano traslado a Madrid pueden llegar a ser vínculos –como me ocurrió con mi paisano Eladio Cabañero y con el también alicantino Carlos Sahagún– más fuertes que los estrictamente líricos. Y cada uno expresa la devoción a su manera: si se observa qué nombre tienen los galardones que han merecido mis libros o algunos de mis poemas (Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Blas de Otero, José Hierro, Rafael Morales) es fácil entender que el de Miguel Hernández es un nombre, no sólo coherente, sino imprescindible en ese grupo. Mi manera de reconocer a mis maestros es esa: unir sus nombres al mío, como si fuesen demiurgos y protectores de mi propia obra.
- ¿Por qué escogió este título para su poemario?
Siempre es lo último que decido en cada libro, después de darle muchas vueltas. Camilo José Cela afirmaba que lo primero que escribía de una novela era el título, que hasta que no lo tenía decidido no podía comenzar a desarrollar la historia. Muchos amigos míos poetas dicen lo mismo. A mí me pasa exactamente lo contrario: jamás sé qué título va a llevar un libro hasta que está concluido. Y eso a pesar de que no voy escribiendo poemas que luego reúno bajo un título, sino que concibo el libro completo antes de comenzar –tal vez tenga dos o tres poemas escritos previamente–, como si fuese un ensayo o un relato. Necesito saber de qué voy a escribir y qué quiero decir sobre ello antes de ponerme al trabajo. (Tal vez por eso mi obra no sea muy abundante.) El título es el último quebradero de cabeza que cada libro me da, porque yo entiendo los títulos como la síntesis absoluta de los contenidos del libro, su esencia más íntima condensada en unas pocas palabras. Por eso necesito esperar hasta que el libro está compuesto. Y aún así, suelo tener dificultades para encontrarlo o para decidir entre las alternativas que el propio texto me plantea. En ese caso, tenía muy claro desde el principio que el libro giraría en torno a la destrucción y reconstrucción de una casa concreta, una casa que mi padre compró en un pueblo manchego, siendo yo todavía adolescente, y en la que trabajó, descansó, penó y disfrutó extraordinariamente, pero a la que dejó hundirse por extrañas razones al final de su vida. Rescatar las emociones, los sentimientos, las frustraciones o las ilusiones contenidas entre sus muros, ventilar la memoria, era la tarea. Pero como el cuerpo central del libro lo escribí con las voces de quienes la han habitado –que estaban en el aire, bajo los escombros–, el título tenía que contenerlo todo, de ahí que finalmente tuviera que llamarse “El viento entre lasruinas”. (También aquí, como en “Viento del pueblo”, el término significa voz).
- ¿Cuándo se acercó Vd. por vez primera a la obra y figura de Miguel Hernández?
Fue en plena juventud, muy al comienzo de los años setenta, y pronto se convirtió en uno de mis poetas de cabecera. En el Colegio Mayor Chaminade, donde yo estudiaba la carrera, había un servicio de venta de libros con descuento que se abría todos los martes por la noche. Me incorporé a él y por esa vía me fui haciendo con la obra de Machado, Juan Ramón, casi todo el 27, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Octavio Paz y, por supuesto, Miguel Hernández. Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia sacaron en 1976 una edición en Zero, “Obra Poética Completa”, que también compré y leí hasta deshojarla. Ahí está el lenguaje y la música bronca de Blas de Otero, la melancólica sinceridad de José Luis Hidalgo, el convencimiento de Ángel González y el rigor creativo de Pepe Hierro, poetas a los que yo devoraba entonces. Por si fuera poco, mis paisanos Juan Alcaide, Eladio Cabañero y Félix Grande, lo tenían, junto a Machado, como uno de sus referentes. Si con esos mimbres no hace uno un buen cesto… Además, por aquellos años, no recuerdo con precisión, entre el 72 y el 74, más o menos, Joan Manuel Serrat sacó un disco con poemas de Hernández (cantaba la “Elegía”, las “Nanas de la Cebolla”, “El niño yuntero”, “Para la libertad”, y algunos más) que fue muy popular, al menos entre la gente de mi generación. Le había precedido Paco Ibáñez cantando en el Olympia parisino aquel inolvidable “Andaluces de Jaén” y en aquellos años de ebullición político-poético-musical se versionaron muchos de sus poemas por distintos grupos y cantautores, como solía llamárseles. La verdad, fue una época irrepetible: la poesía estaba en la calle, la cantaba cualquiera, no sólo los herederos de aquel mayo del 68 con sus consignas libertarias, y aunque no eran músicas excepcionales, las letras sí lo eran, y lo que de verdad contaba era eso, “el mensaje”, como decíamos entonces. Miguel Hernández fue, desde luego, uno de nuestros “mensajeros” y uno de nuestros estandartes.
- Como licenciado en Filosofía y Letras y como docente, ¿cree que la obra de Miguel Hernández está suficientemente considerada y reconocida en nuestro país?
Lo fácil sería decir que no, y, ciertamente, en estos precisos momentos, esa es la respuesta más correcta: no. Sin embargo, no hay que olvidar un par de detalles que obligan a matizar lo dicho. En primer lugar, Miguel Hernández es un clásico, es decir, un modelo, un referente, un hito de la lírica hispana por el que todo lector culto ha de pasar, haga o no posada en él, como se pasa por Quevedo, por Bécquer, por Rubén Darío o por Machado. En este sentido, los profesores de literatura han de darle –y, entre quienes yo conozco, muchos se la dan– la importancia que tiene. Además, durante muchos años ha sido uno de los autores que podían caer en la selectividad, lo que obligaba a los profesores de COU y de Bachillerato a explicarlo y a los alumnos de la opción de Ciencias Sociales y a los de Humanidades a leerlo. Ahora bien, ¿es eso suficiente? Y tal y como están dejando el conocimiento de la literatura española –y no sólo de la literatura– en los planes de estudios, ¿va a quedar algún lector de poesía en un futuro no lejano? Pero no es necesario buscar los enemigos fuera: años de culturalismo –docente y escribiente–, poesía del silencio, metapoesía y sus múltiples epígonos, han alejado al lector de la lírica. Únase a eso las condiciones sociológicas de las tres últimas décadas de nuestra historia patria y la respuesta estará casi completa. A Miguel Hernández, como a otros, se les considera y se les reconoce mucho, pero se los lee poco.
- ¿Cree usted que se le conoce y se le admira más fuera de nuestras fronteras?
No podría responder con precisión a esta pregunta. Entre los poetas extranjeros que yo trato y conozco está muy bien considerado, y muy bien leído; pero ni es un número significativo ni representan un abanico lo suficientemente amplio como para generalizar la respuesta. Tengo la impresión de que en ciertos países de Sudamérica, incluido México, su obra fue muy divulgada en los 70 y es bastante conocido. De hecho, salvo el que mencioné antes, casi todos los libros que yo tengo de Miguel Hernández están publicados en Chile, Argentina y México en la década de los 50 y en la de los 60. Le pasó lo que a Lorca, su cuerpo quedó aquí, pero su voz resucitó en América; iba en todas las maletas del exilio.
- ¿Conoce la labor llevada a cabo por la Fundación Cultural Miguel Hernández? ¿Qué opinión le merece?
Antes de recibir el premio tenía algunas noticias de la Fundación y sus actividades, algunas publicaciones de la serie “Documentos” conseguidas en librerías de lance de Madrid y un par de números de la revista “El Eco Hernandiano” que me habían llegado; y naturalmente, conocía su labor respecto de la Casa Museo y la convocatoria de los Premios “Miguel Hernández”. Pero hasta ir a Orihuela no me había hecho una idea cabal del enorme trabajo que el Centro de Estudios Hernandianos, la Sala de Exposiciones y las otras múltiples actividades suponían para la Fundación. Conozco la labor de algunas otras y yo mismo he participado en la creación de la Fundación Gerardo Diego, junto a Elena Diego, su hija, Francisco Javier Díez de Revenga y Pureza Canelo, y otros, y sé de sobra lo que ha sufrido Sabina de la Cruz hasta poner en marcha la de Blas de Otero en Bilbao; pero no había visto nunca tal despliegue de imaginación para multiplicar la presencia de un poeta y de su obra en el panorama de la cultura española, ni tanta devoción en la conservación de su legado. Por otra parte, su presencia en la Red es amplia, orientadora y, por tanto, valiosísima. De modo que sus responsables deben sentirse muy satisfechos, supongo. Tampoco soy quién para juzgar.
- ¿Cuál es su concepto de la poesía?
La poesía no es un juego con la música del lenguaje, ni con sus significaciones, sino un combate entre la conciencia y el silencio: hay que lograr decir aquello que uno ha sentido, que ha interiorizado, el poso que nos dejó la vida, y decirlo con las palabras justas y la sintaxis clara, de modo que no haya una forma mejor de expresar lo mismo, ni lo expresado en el poema esté contenido en versos que no sean esos. O sea, encontrarle el molde lingüístico adecuado y exclusivo a cada emoción.
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