MIGUEL EN EL RECUERDO
El amor por la obra hernandiana en tiempos difíciles:
un merecido homenaje a Arturo del Hoyo

A nadie escapa que la obra de Miguel Hernández es conocida en todo el mundo, como así lo demuestran tanto la gran cantidad de ediciones de sus obras como los muchos estudios críticos y tesinas de investigación que ha generado y genera. Aún así, hubo una época, años atrás, en la que acometer la edición de una obra de Miguel Hernández podía suponer más desgracias que beneficios, fuesen del tipo que fuesen. Pues Miguel Hernández, a principios de los años cuarenta, era el poeta del comunismo y la traición para la inmensa mayoría de los españoles que, consciente e inconscientemente, soportaban un velo de mentira que tan solo les mostraba una parte de la realidad que les rodeaba. Formando parte del selecto grupo de los hernandianos más notables, podemos encontrar algunos autores que, años atrás, también formaron parte de otro del que quizás no se sintieran tan orgullosos, y en el que injustamente fueron incluidos. Enormemente incomprendidos, el trabajo de autores como Juan Guerrero Zamora, Vicente Ramos o Arturo del Hoyo, que actuaron con valentía y amor a la obra hernandiana en circunstancias ciertamente adversas, no han sido bien tratados por otro sector de la crítica, que ha llegado a tacharlos de “vendidos” o contemporizadores, calificativos que, en ningún caso, merecen.

Se suelen reconocer, siguiendo los pasos marcados por Aitor Larrabide, dos problemas relacionados con la poesía y la crítica hernandiana en sus momentos iniciales; momentos que, paradójicamente, fueron los que precedieron al final de la vida de Hernández. Éstos son, en primer lugar, el régimen franquista y su implacable censura, y, por otro lado, toda la serie de tópicos vertidos, muchos de ellos injustamente, en torno a la figura del poeta oriolano. Se habla así de una primera y necesaria etapa de difusión, y de otra que requería, una vez difundida ya la obra, un análisis más profundo de la misma. En los cerca de cuarenta años que duró el régimen franquista se contemplan varias etapas en relación con la permisividad a la hora de publicar textos de Miguel Hernández. La etapa más dura de todas ellas fue, sin duda, la que comprendió los años cuarenta y los primeros cincuenta. Aún así, en 1949, se autorizó la primera publicación de El rayo que no cesa una vez Miguel ya había muerto. Y, en 1952, la Obra escogida, la primera de las antologías que, sobre el poeta oriolano, irían apareciendo. Los exiliados atacaron duramente estas ediciones. A la Obra escogida, por ejemplo, se le achacaba el hecho de que tan sólo se incluían dos poesías de Viento del pueblo, la obra de raigambre más profundamente política y social de todas las de Miguel Hernández Pero qué fácil era criticar desde la lejanía, donde las ediciones eran totalmente factibles y ninguna vida peligraba por ello y qué injustas eran aquellas críticas a tan ímproba labor de arqueología literaria, tratando de rescatar a Miguel Hernández desde las catacumbas a las que la represión franquista las había enviado.

No corrían buenos tiempos para la mesura ni para la comprensión hacia los primeros editores de Miguel Hernández en la inmediata posguerra, y éstos se enfrentaron a grandes riesgos por publicar la obra de un poeta que, por aquel entonces, continuaba siendo “proscrito y peligroso”. No sólo no se valoró su labor sino que, además, se les acusó de vendidos o de haber sido transigentes en cuanto a las ediciones con tal de ganarse el beneplácito de las huestes franquistas. Este hecho ha vertido una gran dosis de incomprensión por parte de algunos críticos hacia el trabajo de Arturo del Hoyo, Juan Guerrero Zamora o Vicente Ramos. Pero lo cierto es que se vieron en la tesitura de actuar en condiciones ciertamente adversas, y lo hicieron con gran inteligencia, y no de manera contemporadizadora, como en tantas ocasiones se ha insinuado.

Cuando la Editorial Aguilar planeó editar una obra escogida de Miguel Hernández, Arturo del Hoyo pidió expresamente escribir el prólogo introductorio a la misma, a pesar de que dicha tarea fuera realizada normalmente por Federico Carlos Sainz de Robles.
“Esta obra escogida de Miguel Hernández es algo más que un libro: es el documento vital de un gran poeta. Aquí están, si no todas, casi todas sus señales de vida. Se ha de leer, no como cualquier otro libro, sino como un excepcional documento de esa aventura del vivir y de la poesía” La Obra Escogida, de Miguel Hernández salió, por fin, en enero de 1952, recogía por primera vez el Cancionero y romancero de ausencias, y también, El hombre acecha, pero parcialmente (ya que la primera edición de éste quedó sin distribuir en Valencia por la llegada de las tropas nacionales). Al agotarse esta primera edición y no ser posible su reimpresión, de nuevo en España, la segunda apareció en Buenos Aires (1958), y la tercera en México (1962). Con los derechos de autor de las tres ediciones se pudo dar una ayuda a Josefina Manresa, viuda del poeta, como había sido el deseo de Vicente Aleixandre.

“Miguel no consiguió siempre la perfección, pero sí el asombro. Pues todo en él asombra: su humilde raíz, su obra singular, su vida arrebatada por un hado funesto. Pocas veces será dado leer un libro en que el acierto destelle, en que la vida surta con tal violencia como aquí. Leer, seguir los brotadores versos de vida de Miguel Hernández es escuchar el latido de arrítmico del corazón de uno de nuestros más grandes poetas contemporáneos”.

Realizó, en el mencionado prólogo, un comentario general de los aspectos más destacados de cada una de las obras de Miguel Hernández. En ellos, en cada línea de esos comentarios, translucía no sólo la admiración, sino también el cariño que por los versos de Miguel sentía Arturo del Hoyo. Pues son los sentimientos más nobles y puros los que nos hacen embarcarnos en los proyectos más difíciles y arriesgados; y, en aquellos años, el publicar la obra de un poeta tan comprometido con el bando republicano, que murió por ello en cárceles franquistas, era, ante todo, casi una temeridad. En el comentario que realiza, en primer lugar, acerca de Perito en lunas, observamos cómo Arturo del Hoyo, por encima de los sentimientos que tuviera hacia la obra de Miguel Hernández, no incurría nunca en el elogio fácil. Si era necesario criticar cualquier aspecto de la obra lo hacía, pues ésta y no otra era su función como crítico. Así, al hacer referencia al ideario estético empleado por Miguel Hernández en su primer poemario no duda en afirmar que “jamás un poeta se ha mentido tanto a sí mismo como Miguel Hernández en ‘Perito en lunas’”.

Acerca de las obras de teatro, dedica especial atención al auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y a su El labrador de más aire. De la primera de ellas afirma que “desarrolla las vicisitudes del hombre desde el natural estado de gracia hasta sucumbir en el incendio provocado por el Deseo y los Sentidos (...) Dentro de un riguroso tradicionalismo, aporta modernas concepciones de la vida”. Para concluir certificando que “tradicionalismo poético, popularismo y realismo son las tres notas sobresalientes de este auto sacramental”. Sobre la otra obra teatral de Miguel Hernández de aquella época, El labrador de más aire, resaltaba el hecho de con ella “iniciaba la vuelta a un teatro popular en el mismo sentido que lo fue el teatro de Lope en el Siglo de Oro” (...). Concluyendo que la obra “fue un tanteo más en la obra general y truncada de Miguel Hernández. Queda en la historia de la literatura española como un noble empeño en la restauración de las formas dramáticas del Siglo de Oro en una época de convulsión y de anhelos renovadores”.

En cuanto a El rayo que no cesa, trata de elaborar cuál fue la evolución que siguió Miguel Hernández al componer esta obra, la que le llevó de El silbo vulnerado al que fuera el resultado final: “Su nuevo libro se alimentaba de las violencias de ese rayo que no cesa – el corazón -, al que más de una vez llamará ‘carnívoro cuchillo’; y por la presencia del toro (...), sangriento y enlutado toro en el que el poeta veía un compañero de destino”. El amor, la muerte, las heridas del corazón, así como el hondo y constante sentimiento de pureza que Miguel Hernández siempre muestra son las partes principales de este poemario, al que el madrileño achaca demasiada influencia garcilasiana en sus sonetos. Pero unos sonetos en los que, sin embargo, se hacen hueco “la ternura, la pureza expresiva y sentimental”.

Viento del pueblo es la obra a la que más cariño guardaba, sin duda, Arturo del Hoyo. Apunta sobre ella que “no se puede entender como poesía de circunstancias, para salvar (...) su poesía más íntima y personal”. Para concluir que “no se puede entender, sufrir, la poesía general de Miguel Hernández, a Miguel Hernández entero, si se echa en olvido este libro”. Pero es al analizar El hombre acecha cuando comienza a emanar todo el caudal poético que la poesía de Miguel Hernández evoca en él. De las primeras líneas, en las que parafrasea las de la “Canción primera” que marca el inicio de este poemario hernandiano, pasa a abrirnos también su corazón, y sus sentimientos, a flor de piel por el poder de seducción que la poesía de Miguel Hernández ejerce sobre él:
“Cuando el hombre combate al hombre, el hombre acecha, regresa al tigre, rememora al tigre. Y flores y mieles y belleza retroceden ante su crudo gesto. Y las raíces del hombre – las manos – se convierten en garras; los hombres, en fieras: ‘He regresado al tigre. / Aparta, o te destrozo’, exclama el poeta en su ‘Canción primera’. En que se halla ante un mundo desnudo, fieramente desnudo (...) Diríase que al leerlo nos hallamos ante los sombríos lejos, el fondo, de ese cuadro vital que Miguel Hernández nos ha dejado en ‘Viento del pueblo’. Pues a veces llegamos al conocimiento de las miserias, nos hundimos en los acres limos de la vida”.

La edición concluye con la obra póstuma del oriolano, el Cancionero y romancero de ausencias. La importancia de la inclusión de estas poesías dentro de la Obra escogida estriba en que es la primera vez que se publican textos de esta obra. Posteriormente, en el año 1958, se publicará por primera vez la edición completa del Cancionero.

“Todos estos breves poemas forman como un diario del corazón del poeta, diríase que un testamento de sinceridad (...) Si habéis leído la obra anterior de Miguel Hernández, nacerá ahora en vosotros una maravillosa sorpresa (...) Todo el brillo de su poesía anterior ha dejado estos rescoldos de secreta llama, rodeados de ceniza (...) De aquí que ‘Cancionero y romancero de ausencias’ sea una serie de secretos cubiles del corazón; de aquí también que en este libro hay poemas estrechamente afines a ‘El hombre acecha’, y necesarios para una auténtica ubicación del libro y de su inspiración”.

En 1990, y con motivo de la presentación del libro de Juan Guerrero Zamora Proceso a Miguel Hernández. El Sumario 21.001, evocaba Arturo del hoyo todas aquellas dificultades contra las que tuvieron que luchar para poder llegar a editar los poemas de Miguel Hernández: “Mi presencia en este acto – se refiere a la presentación – (...) es para recordar otro “proceso”, esta vez de signo político-literario-mezquino, contra Miguel Hernández. Con él se pretendió enterrar la obra del poeta, enterrar al poeta por segunda vez”. Proceso en el que estuvieron, tanto él como el propio Guerrero Zamora, como Vicente Ramos envueltos, y que pudo haberles salido ciertamente caro. Y continua Del Hoyo:“¿Fuimos ingenuos? ¿Audaces? (...) Denuncias, acusaciones e injurias dieron lugar a un nuevo proceso contra Miguel Hernández y los que le exaltábamos. En el diario ‘Ya’, Manuel Pombo Angulo tituló su columna “Ya asoman las ratas en el barco”. Éramos las ratas. Eso es lo que éramos, ratas”.

Pues lo cierto era que, tras la triste muerte del oriolano en 1942, siguieron unos años de silencio, donde la obra hernandiana había quedado relegada a breve cita, en alguna historia de la literatura española, en los preámbulos de las antologías y en los diccionarios de literatura. Únicamente se publicaban algunos poemas inéditos en revistas poéticas pero de manera escasa y de corta difusión. La llegada a Madrid de algunos ejemplares argentinos de El rayo que no cesa (1949), animó a Vicente Aleixandre, en 1950, a la publicación de un volumen con las obras de Miguel Hernández, recogiendo así los poemas dispersos e inéditos, principalmente, el Cancionero y romancero de ausencias, siguiendo la publicación de la obra al editor José Aguilar. El intermediario entre la editorial y Aleixandre fue Arturo del Hoyo. Ambos mantenían amistad desde 1935 y su intención era mostrar un Miguel políticamente correcto en aquel momento, salvando el problema seguro con la censura, de manera que, por ejemplo, de los 25 poemas de los que estaba compuesto Viento del pueblo, sólo pudieron recoger dos, que fueron: "El niño yuntero" y "El sudor".

Si hubo un tema que siempre quiso reivindicar, y aclarar, Arturo del Hoyo, de entre todos los que hacían referencia a Miguel Hernández, éste fue, sin duda, el llamado “caso Morla”. No se sabe a ciencia cierta de quién partió la noticia, se cree que del chileno Pablo Neruda, pero lo cierto es que a ella se sumaron también personas como Elvio Romero, Jesús Poveda o Juan Marinello, entre otros. Todos y cada uno de ellos, en los acercamientos biográficos que acometieron, resaltaban que el culpable de que Miguel Hernández no fuera acogido en la Embajada de Chile en Madrid, en aquellos tan difíciles días que siguieron al final de la guerra civil, fue Carlos Morla Lynch, por aquel entonces Encargado de Negocios de Chile en la capital. Contaba Neruda en su “Cómo murió Miguel Hernández”, publicado en Ercilla, de Santiago de Chile, en 1953, que el chileno denegó al oriolano cualquier posibilidad de asilo, para no verse él comprometido en problema alguno y salvaguardar así su propia integridad. Pero resulta curioso que alguien que en aquellos momentos no se encontraba en Madrid, sino cómodamente a salvo en Francia, hable con tanta ligereza de asuntos tan serios.
Así explica el chileno los hechos: “Cometió el error de recurrir a la embajada de Chile para pedir su visa y salir hacia Chile. Estaba entonces encargado de Negocios Carlos Morla Lynch, quien le negó el asilo”. Y justifica estos hechos en palabras del propio Morla, en su Memoria al Gobierno del Chile, en las que, y siempre según Neruda “el propio Carlos Morla Lynch ha contado el episodio (...) donde refiere que negó el asilo a Miguel Hernández porque había escrito poemas insultantes contra el general Franco”.

Pero Neruda no pudo llegar a ver dichos textos, y sus afirmaciones, además de terriblemente politizadas, fueron infundadas e injustas. Es por ello que Arturo del Hoyo, que en aquellos días se encontraba en Madrid, y no plácidamente huido, salió al quite para apoyar totalmente a alguien que, bajo su punto de vista, había sido terriblemente ultrajado:
“Pablo Neruda (...) confunde tiempos, personas y lugares (...) Pero, sobre todo, Carlos Morla Lynch no tenía facultades para dar o negar asilo a Hernández, porque no era ya el encargado de negocios de Chile en Madrid; hacía varios meses, concretamente desde el 8 de abril que (...) había dejado de serlo, pues ese día tuvo que ceder el puesto a Enrique Gajardo”.

Afirma Arturo del Hoyo que Carlos Morla Lynch solía llevar un pequeño diario siempre con él, donde solía escribir con asiduidad. Un extracto de ese diario es su Memoria presentada ante el Gobierno de Chile (1939), donde se encuentra incluido el texto al que aquella Neruda hacía referencia atacándolo con dureza, aunque con una lectura sesgada y maliciosa. Así, propagó la falsa historia de que Morla no quiso asilar a Miguel Hernández. Y cita el madrileño a la autorizada escritora Marcelle Auclair, quien en su Enfances et mort de García Lorca, del año 1968, ya se hacía eco de los graves errores de base que había cometido el poeta chileno:
“¿Es que Neruda sólo hojeó el documento? Hablar así, cuando está por medio el honor de una persona, es una ligereza. Y hoy Antonio Aparicio -asilado en la embajada por aquellos días - confirma el relato de Morla”.

Concluye así Arturo del Hoyo con este episodio, dejando bien claro además, para los que no estaban suficientemente informados, que por aquella época, y él lo vivió de primera mano, no era práctica común el asilarse en las embajadas tras la caída de Madrid, prefiriendo la gente el huir a buscar suerte en los puertos del levante español preferentemente; y esta fue, ni más ni menos, la misma suerte que eligió voluntariamente, Miguel Hernández.

La relación entre Arturo del Hoyo y Miguel Hernández nació quizás de manera indirecta, siendo Víctor González Gil, escultor e íntimo amigo tanto de Miguel como de Arturo, el que ejerció de cicerone entre ambos. A pesar de todo, los encuentros que ambos mantendrían serían ciertamente escasos, y se pueden llegar a contar con los dedos de una mano Aunque los encuentros personales entre el editor y el poeta fueron breves: una noche en la Puerta del Sol, en Espasa Calpe, lugar de trabajo entonces de Miguel Hernández y en casa de Vicente Aleixandre, donde coincidieron, en una visita, a causa de una recaída de Vicente.

“Era un mozo de talla regular, de cuerpo adusto, de mirada inquieta y poco expresiva, en la que había que descubrir secretas melancolías (...) Se adivinaba en él un armazón de huesos firmemente desarrollados, cual es frecuente en los hombres de esta España. Pues aquí, entre nosotros, el armazón es lo importante. Y en Miguel Hernández era robusta, sí, como el hombre general de nuestra tierra, seca y castellanamente”.

Además, Arturo ya había publicado una prosa elegíaca en memoria de Sijé en la revista Almena (marzo de 1936). Cuando Miguel conoció el escrito, envió éste a Orihuela, y desde allí, Ramón Pérez Álvarez le solicitó a Arturo un nuevo texto sobre Ramón Sijé, para publicarlo en el tercer número de Silbo, y también le nombró socio de honor de la publicación. El texto solicitado fue enviado por Arturo, pero nunca apareció el tercer número, al producirse el levantamiento militar franquista. Pero, a pesar de no haber fraguado una relación humana mucho más estrecha, y como también sucedió en el caso del alcoyano Abad Miró, en muchas ocasiones las amistades no se miden por medio del número de veces que dos personas hayan coincidido, sino más bien por la intensidad que dichos encuentros tuvieran. En el caso de Arturo del Hoyo, además, por la impronta que la poesía del oriolano dejara en su propio corazón.

Es por ello que este madrileño, que dedicó la práctica totalidad de su vida a la literatura, fue editor, director de numerosas colecciones de la Editorial Aguilar, así como uno de los precursores del cuento español contemporáneo, siempre guardó un lugar preferencial para su querido Miguel Hernández en todo aquello que hacía. En 2003, y gracias al trabajo de la Fundación Cultural Miguel Hernández y de los editores de la obra, César Moreno y Aitor Larrabide, veía la luz Escritos sobre Miguel Hernández. O, lo que es lo mismo, además de una recopilación de los textos que sobre el poeta de Orihuela escribiera Arturo del Hoyo, un justo y merecido homenaje a uno de los hernandianos que más empeño y cariño pusieron para rescatar la olvidada figura de Miguel Hernández de las catacumbas del franquismo.

A modo de colofón, diremos que, con motivo de la celebración del Segundo Congreso Internacional sobre la figura de Miguel Hernández, que tuvo lugar a caballo entre Orihuela y Madrid, en octubre de 2003, se incluyó una sección titulada “Homenaje a los coetáneos”. En ella, se rendía un justo tributo a algunos de aquellos coetáneos del oriolano que todavía se encontraban entre nosotros, y que tanto habían hecho por la figura de nuestro poeta. Entre ellos, y como no podía ser de otra manera, se encontraba Arturo del Hoyo, en lo que era además la presentación del citado libro, al que anteriormente nos hemos referido. Este acto, en el que Arturo del Hoyo sí nos dejo realmente su testamento poético, tuvo lugar el 28 de octubre de 2003 en el Ateneo de Madrid, en aquella sala de la Cacharrería que tanto amaba Arturo del Hoyo. Desgraciadamente, fallecería tan sólo unos meses después, en Madrid, el 31 de marzo de 2004. Qué mejor final para la labor hernandiana de alguien que tanto amó y tanto hizo por la figura de su querido poeta. Las palabras de Arturo del Hoyo resonaron en aquella sala, siendo también, a pesar de que por desgracia no pudiésemos saberlo, su auténtico testamento poético:
“Y apareció Miguel Hernández. Y tuvimos conciencia todos – se refiere a sus años universitarios, a comienzos de la década de los 30 – de que con él había surgido una nueva voz, una gran voz diferente en nuestra poesía. Es difícil darse hoy cuenta de la repercusión que tuvieron en aquellos días los poemas que Miguel Hernández publicó en las páginas de ‘Revista de Occidente’, en ‘Caballo Verde para la Poesía’, en el libro ‘El rayo que no cesa’ (...) Y siguió siéndolo con ‘Viento del pueblo’, en medio del estruendo de las armas, y con ‘Cancionero y romancero de ausencias’, a pesar de las prisiones, y aun en sus ultimísimos poemas, en su testamento poético”.

Óscar Moreno
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