
El 5 de septiembre de 1942, en Socuéllamos (Ciudad Real), nació Manuel Parra Pozuelo, un enemigo voraz de la dictadura.
En Murcia, a finales de los 60, participó activamente en los primeros movimientos estudiantiles antifranquistas. En dicha ciudad se licenció en Filología Románica, ejerció como docente impartiendo clases de Lengua y Literatura, pero fue en Las Palmas de Gran Canarias donde tomó contacto con el PCE y a principios de los 80 fundó la Federación de Enseñanzas de CCOO en Alicante. Desde entonces, como él manifiesta, allí está.
Su dedicación a la docencia, campo que echa de menos, en el que como profesor organizaba recitales y concursos de poesía, esta actividad le aportaba el contrapunto que necesitaba dentro de la vida sindicalista; ambos campos le han concedido satisfacciones impagable, su entrega en dichos terrenos han sido recompensada por varios premios.
En 1963 obtuvo el primer premio y la flor Natural de los Juegos Florales de Ciudad Real; en 1992 le fue concedido el Premio Vicente Mojica, patrocinado por el Ateneo Científico y Literario de Alicante; en 1993 consiguió el Premio Amantes de Teruel, por su libro Mi voz en otros cantos, que fue publicado ese mismo año; igualmente en 1993 publicó en Alicante, en la Editorial Aguaclara, su poemario Si tanto los amé por qué no profanarlos; en el año 2002 obtuvo el Premio Carmen Arias de Socuéllamos; el segundo premio del concurso de poesía de la Villa de Iniesta, y el primer premio del concurso de poesía Manuel Molina, del Ateneo Científico y Literario de Alicante, por un conjunto de poemas titulados El Vulnerado Silbo Indestructible, dedicado a los poetas Miguel Hernández y Manuel Molina.
Como un homenaje a su tierra y a sus hombres y mujeres, ha publicado dos cuadernos, uno de ellos titulado Pentalogia del vino, con ilustraciones de José Lara, Vicente Huedo, Julián Sarrion y Juan José Romero, y otros bajo el rotulo Socuellamos de otros tiempos, y sus trabajos y sus días en imágenes y versos, con fotografías de los hermanos Reales, Pedro Manuel y Antonio.
Ha realizado diversos estudios críticos, entre otros, análisis de tres poemas de la obra de Pedro Lezcano y de algunos motivos de su obra poética y comentarios del poema “La palabra o la vida”,de Agustín Millares.
¿Qué recuerdos le quedan de su actividad como estudiante?
Yo, que había nacido en el año 1942, Tercer Año Triunfal o de la Victoria, tal como proclamó la avasalladora e inmisericorde propaganda franquista, tras haber aprendido a leer y a escribir en una pequeña escuela que mi prima Dominga (que era maestra) abrió muy cerca de mi casa, comencé a estudiar en mi pueblo, Socuéllamos, en colegios privados, que eran una especie de academias, en las que maestros represaliados, como el primer profesor que recuerdo, don Juan, u otros que trabajaban asociados, como don Víctor y José Julián, que carecían de títulos académicos, nos preparaban para superar los exámenes que realizábamos en el Instituto Nacional de Bachillerato San Isidro, que estaba en la calle Toledo, de Madrid.
En este centro aprobé, como alumno libre, los exámenes de ingreso, los de los cuatro primeros cursos de Bachillerato y el de la reválida de cuarto Los exámenes del Instituto San Isidro, de Madrid, eran todos orales, y en el caso de las asignaturas llamadas “marías” (Formación del Espíritu Nacional, Gimnasia y Dibujo) no era preciso presentarse, aunque era imprescindible abonar veinticinco pesetas para que se considerasen aprobadas. Todas las pruebas eran orales, incluso las de Matemáticas, con excepción de los exámenes de ingreso de Bachillerato, en los que era preciso superar una prueba de dictado con menos de tres faltas de ortografía. Recuerdo que, en segundo curso de Bachillerato, fui suspendido en Latín y en alguna asignatura más que aprobé en septiembre. Mis éxitos académicos y los elogiosos comentarios de mis maestros sobre mis capacidades intelectuales impulsaron a mis padres a enviarme a continuar mis estudios de Bachillerato, como alumno interno, en el Colegio de los Carmelitas Descalzos, de Almodóvar del Campo.
Cuando marché a estudiar a Almodóvar del Campo tenía catorce años y era un adolescente desorientado y absolutamente desprovisto del más mínimo sentido de la realidad. El colegio en el que estudié y residí, en régimen de internado, no era precisamente el entorno más adecuado para favorecer mi adaptación a lo concreto y mi proceso de integración social. En aquella casa y entre aquellos frailes, se vivía en un mundo absolutamente ajeno a lo que había sido mi vida hasta ese momento y las circunstancias tampoco eran coincidentes ni semejantes a las que caracterizaban el acontecer vital fuera de sus muros.
En este colegio cursé los estudios de quinto y sexto de Bachillerato, superando los exámenes, también como alumno libre, en el Instituto de Bachillerato de Puertollano, y aprobé la reválida de sexto. Además, en ese tiempo, publiqué, en el periódico colegial impreso a multicopista, mi primer soneto, dedicado al director del colegio, el padre Ludovico. El curso preuniversitario me obligó a trasladarme a Madrid, en esta gran ciudad que, desde mis infantiles y primeros pasos en ella, significaba para mí un mundo brillante y maravilloso, residí en un colegio que era conocido con el nombre de Divino Hambriento, aunque en realidad se llamaba Divino Maestro, en aquel centro la teocracia que gobernaba el mundo educativo en aquellos oscuros años era aún más combativa, contundente y esperpéntica que la de los ingenuos frailes Carmelitas Descalzos de Almodóvar del Campo. El Divino Maestro era un centro laico, nacido como belicosa oposición a la Institución Libre de Enseñanza, en los tiempos de la República, que trataba de continuar la apostólica misión de educar cristianamente a los hijos de los maestros. El colegio, en el que las prácticas religiosas ocupaban aún más tiempo que en el de los Carmelitas Descalzos, estaba dirigido por un hombre extraordinariamente voluminoso y casi ciego que tenía escritos, en una pequeñísima libreta, los nombres de los alumnos culpables de la trasgresión de las normas de convivencia de aquella peculiar comunidad educativa.
Después de superar el curso preuniversitario en la especialidad de Ciencias, puesto que, siguiendo los consejos de mi padre, que pensaba que cualquier ingeniería podrá proporcionarme fabuloso ingresos y una envidiable posición social, había decidido estudiar ingeniería agrícola, me matriculé en la universidad en un curso que se denominaba selectivo y era el obligado pórtico para todas las carreras científicas.
Tras este inicial y anunciado desastre, comencé a trabajar en la ferretería de mi padre e intenté durante aquel verano, y con relativo éxito, ganar algún dinero impartiendo clases particulares en mi domicilio y, al inicio del siguiente curso me trasladé a Valladolid, a una especie de filial de Divino Maestro, algo menos rígida y más tolerante, para realizar estudios de Preuniversitario de Letras y de Magisterio y entré en contacto con un grupo de jóvenes escritores, Justo Alejo, César Alonso de los Ríos, Ramón Torio, y un sacerdote llamado Jesús Tomé, que publicaban sus prosas en el periódico El Norte de Castilla, que dirigía, en aquel tiempo, Miguel Delibes, y sus versos en unos casi artesanales Pliegos de Cordel, que se exhibían e incluso, en algún caso, se vendían en la librería Relieve. Yo tenía entonces dieciocho años, era el final de la década de los años cincuenta, junto a mis amigos formé parte de lo que entonces se denominaba una célula de una organización clandestina, marxista, neocristiana, y de frontal oposición al Régimen, el Frente de Liberación Popular, el FELIPE. Una rocambolesca conspiración me permitió allegar fondos para este partido, que pudo relanzar sus actividades, lo que para mí supuso un nuevo enfado paterno y mi forzado regreso a Socuéllamos, y para alguno de mis amigos, cuyos renovados medios materiales les permitieron ser más activos, su detención por la policía, alertada por sus inexplicables disponibilidades materiales. Cuando yo supe que alguno de ellos había sido detenido, juzgado y condenado, mi sensación de culpabilidad fue enorme y escribí algunos versos que publiqué en el programa de festejos de mi pueblo, en los que expresaba mi solidaridad y mi desconsuelo.
Volví a impartir clases, sobre todo de reválida de cuarto, aunque también de Magisterio, aunque para concluir esta carrera me faltaban algunas asignaturas y sólo logré finalizarla tras una estancia en Albacete, en cuya Escuela de Magisterio estuve matriculado, y mediante exámenes, como alumno libre, en la Escuela de Magisterio de Ciudad Real.
Fue en ese tiempo, en 1963, cuando conseguí el Primer Premio de los Juegos Florales de Ciudad Real, por una serie de sonetos que titulé Diez humanos sonetos terrenales. La obtención de este galardón, que me fue entregado en un acto en el que José Hierro actuó como mantenedor, obligó a mi padre a admitir mi traslado a Murcia para cursar en esta ciudad los estudios de Filosofía y Letras. Ya algo más situado en mi propio terreno, aunque con dificultades en algunas asignaturas, sobre todo en Latín y en Francés, finalicé en cuatro cursos la carrera de Filosofía y Letras en la especialidad de Filología Románica.
Durante mis años de estudiante en Murcia publiqué poemas en Monteagudo, que era una revista universitaria de literatura; conocí a poetas como Francisco Sánchez Bautista y Andrés Salón, y participé muy activamente en la fundación de Zauma, revista de poesía oral en la que intervino un poeta cordobés, Carlos Clementson, actualmente catedrático de la universidad de su ciudad natal, y mantuve una personal amistad con Pedro Provencio, entonces ya prometedor y sensible poeta. Mi relación con algunos profesores de la Universidad, sobre todo con don Mariano Baquero Goyanes, y mis aficiones literarias, quizá me hubieran permitido acceder a alguna plaza de profesor universitario, pero mis conocidas actividades políticas -en aquel momento había entrado en contacto con la organización del Partido Comunista-, y mi participación en los movimientos estudiantiles de oposición al Régimen, que lograron la desaparición del Sindicato Español Universitario y de las Asociaciones de Estudiantes que intentaron continuarlo, junto con mi disipada vida sentimental y personal, dieron lugar a mi práctica consideración como persona non grata por todas las personas influyentes de la Universidad, dominada por su rector, el Doctor Batlle, y el Decano de Filosofía y Letras, don Luciano de la Calzada, llamado por los estudiantes Lucy Luciano. Estos dos gerifaltes franquistas llegaron incluso a expedientar a otros compañeros que participaron, como yo, en la organización de la primera asamblea libre en la Facultad de Filosofía y Letras.
Concluidos mis estudios, en septiembre de 1967, comencé a impartir clases de Lengua y Literatura Españolas en el Instituto de Bachillerato de Socuéllamos, que inició sus actividades dependiendo como sección delegada del Instituto Juan de Ávila, de Ciudad Real, que fue el que extendió mi nombramiento como profesor interino.
Al finalizar este curso, en junio de 1968, mi incorporé al servicio militar que intentó, sin conseguirlo, mantenerme recluido durante más de un año en los cuarteles franquistas. Me destinaron en Madrid y logré con mucha suerte, aún más cara dura y estratagemas de pícaro redomado, residir fuera del cuartel y que se me asignase la misión de impartir clases de alfabetización a los soldados que debían superar el examen de graduado escolar, de tal modo, que, permanente excluido de cualquier actividad cuartelera, conseguí trabajar en una academia de barrio que hizo uso de mi titulo de Filología Románica, de cara a la Inspección educativa, y me dedicó a impartir clases de Matemáticas. En este tiempo, se decretó el estado excepción y tuvo lugar el asesinato del estudiante Enrique Ruano Casanova, por agentes de la Brigada Político- Social de la policía, mientras yo llevaba una existencia alucinada e inconsciente, y acompañaba a Antonio Martínez Sarrión en noches rebosantes de alcohol y de locura antifranquista, en las que mi detención o mi control por el Ejercito o por la policía hubiera dado lugar a mi procesamiento por variados y graves delitos, entre los que no sería el menor haber abandonado mi destino en el Ejercito. También fue en este tiempo cuando José María Castellet proyectaba la inclusión de mi amigo en la celebérrima antología que tituló Nueve Novísimos.
¿Cree que aquellos años le marcaron para su actividad posterior?Indudablemente, lo que me sucedió a partir de estos momentos estaba anunciado por los acontecimientos anteriores. Mis años de estudiante fueron trascendentales e inolvidables.
Entre otros convencimientos que influyeron de modo decisivo en mi conducta posterior, me parece que uno de los más trascendentales fue la total convicción de mi obligación de actuar, en cualquier circunstancia, oponiéndome al franquismo, y la consideración de la literatura como una dedicación que debía subordinarse a este objetivo político superior: la caída del régimen franquista.
Este convencimiento se acompañaba de una imagen heroica y sufridora del escritor y sobre todo del poeta, cuya justificación personal era el martirio y la marginación, hasta tal punto que, en mi peculiar imaginario, no podía existir un poeta aceptado socialmente.
Lo cierto es que tan peregrino concepto ha permanecido durante muchos años en mi pensamiento y no ha sido precisamente favorable para la obtención del éxito en mis actividades literarias, a las que sólo desde hace muy pocos años me he dedicado con continuidad.
¿Qué sucedió en Las Palmas de Gran Canaria para que se ampliaran sus actividades?
En algunas ocasiones, mis actuaciones políticas finalizaron con la detención de algunos de mis compañeros. Yo tenía auténtico y lógico temor a la policía, y, desde esta perspectiva, mi viaje a Canarias tuvo algo de huida, de abandono de una realidad tan poco satisfactoria, tan opresora y amenazante. En Las Palmas de Gran Canaria escribí muy poca poesía, por el contrario, me dediqué, sobre todo, al comentario de texto, y publiqué, en el Anuario del Centro de la UNED de esta ciudad separatas dedicadas a la poesía de Pedro Lezcano y de Agustín Millares, con los que mantuve una relación personal. Dos acontecimientos que marcaron mi vida futura tuvieron lugar en ese tiempo: en primer lugar, mi matrimonio, con la mujer que desde entonces me acompaña, y, en otro orden de cosas, mi consolidación profesional, al obtener plaza de Profesor Agregado de Instituto de Lengua y Literatura Españolas.
¿Cuál fue su primera toma de contacto con la literatura del poeta oriolano?
La poesía de Miguel Hernández era un mito, una referencia cultural y política que conocí muy pronto, aunque creo recordar que el primer libro de Miguel que yo leí fue El rayo que no cesa. Su poesía posterior era inencontrable, y lo que perduraba y se trasmitía era el recuerdo de su martirio. En Murcia, en mis años de estudiante, coincidí con un sobrino del poeta que también escribía. He preguntado por él en Orihuela, donde, al parecer, ejerce como profesor, aunque no he logrado localizarle.
¿Se siente identificado con la poesía de Miguel Hernández?
El 10 de julio de 2005, en El Periódico de Alicante, en una entrevista en la que se comentaba mi obtención del Premio de Poesía Manuel Molina, patrocinado por el Ateneo de Alicante, afirmaba: "Me siento identificado con Miguel Hernández, tanto por la naturaleza de su obra como sus ideas y por su firmeza política”, y decía, además: “nuestra sociedad todavía tiene motivos para avergonzarse de su muerte”.
También en mis versos he expresado mi admiración por la poesía de Miguel, entre otra muchas ocasiones, en este poema con el que finaliza el libro El Vulnerado Silbo Indestructible, que transcribo a continuación:
Indestructible silbo
Dedicado a la memoria de Miguel Hernández
Las injurias del tiempo, su incesante oleaje
acosaron sin pausas al que murió tan solo,
al que, como a otros muchos, hirieron esperanzas
hasta dejarlas truncas, insepultas y yertas.
Las horas inclementes trajeron sólo llantos,
susurradas palabras y transidos silencios
donde el dolor moraba, injusto y palpitante,
vergonzante y callado, porque nadie podía
decir que había querido romper aquellos lazos,
que desde siempre ataban su conciencia y su vida
a otros más poderosos, más ricos o más sabios.
En silencio y sin luces transcurrió la tragedia,
la tolvanera estólida todo llevó muy lejos,
pero quedó su voz contra el muro clamando,
quedó un eco de sangre que en el verso resuena
renaciendo en las luces de las ardientes albas,
donde amor arrebata arrayanes y pájaros,
y proclama implacable el sufrimiento ingente,
el dolor absoluto y la herida aún abierta,
del que todo lo aguarda aunque nada sea suyo.
En estos días que un rayo no de amor ni ventura,
sino de odio y de muerte amenaza terrible
los parques y las dalias, los pétalos y el aire,
quiero vivir de nuevo tu pasión y tu grito,
y recordar, gozoso, que no fueron bastantes
las cárceles y el odio para que se ocultase
el insomne cuchillo que al beso te llevaba,
para que pereciese la esperanza que ardía
en versos y canciones tan nuevas como entonces
donde aún está tu silbo naciendo indestructible.
Pienso que los alumnos y las alumnas de hoy se identifican más con otras figuras mediáticas que coinciden con sus aficiones y sus proyectos vitales; hablo, sin duda, de los ídolos del espectáculo y de la canción, y de otros personajes televisivos. Para que se identificasen con Miguel sería preciso contextualizar históricamente su figura y explicar su carácter de hombre y poeta rebelde y disidente de la sociedad de su época, que fue, en definitiva, lo que ni el franquismo ni el catolicismo pacato le perdonaron.
A lo largo de su trayectoria como profesor, ¿De qué manera se recibió en sus aulas la poesía de Miguel Hernández?Lo he explicado en muy pocas ocasiones, he impartido, sobre todo, Lengua Española, y cuando he explicado Literatura Española, la excesiva amplitud de los programas impedía, en muchos casos llegar a Miguel Hernández, que se ubicaba, cuando se ubicaba, es decir, cuando no se le ignoraba, con posterioridad a la generación del veintisiete, o en la generación del treinta y seis. No obstante, cuando he realizado recitales de su poesía, los alumnos y las alumnas han colaborado muy gustosamente y, en Instituto Jorge Juan, de Alicante, han gozado de un generalizado aprecio.
¿Por qué está homenajeando a su tierra en estos últimos años?Nunca he olvidado a mi tierra ni a sus hombres y sus mujeres. Tengo una casa en mi pueblo, edificada en el solar en el que mis bisabuelos, hace más de un siglo, construyeron la suya, que fue preciso derribar. Los versos que he dedicado a mis paisanos y paisanas son un obligado tributo a su sacrificada existencia, o, mejor dicho, a las imágenes de su trabajosa y durísima existencia que nunca se borrarán de mis recuerdos.
¿Qué recomendaría leer a un adolescente? Los adolescentes que son (quizá acertada y sabiamente) extremados en sus actos y en sus ideologías, o leen mucho o no leen casi nada. Pienso, probablemente influido por mi propia experiencia personal, que el género más apropiado para estas edades es el de la poesía, por lo que recomendaría mucha y buena poesía, que les permitiría identificarse, según su personal estado de ánimo, con unos u otros poetas y con las obras coincidentes con sus sentimientos, desde este punto de vista. ¿Qué lectura más adecuada para un joven enamorado que El rayo que no cesa?, o ¿ qué puede ser más gratificante que descubrir un precursor de su rebeldía en el hombre que escribió algunos de los poemas de Mario Benedetti?
¿Qué opina sobre las actividades de la Fundación Miguel Hernández?
He asistido últimamente a algunas de estas actividades. Sería deseable que fuesen más conocidas y que se incrementase la participación popular en las mismas. Un aspecto que podrá resultar interesante sería involucrar a los centros docentes en la difusión de la obra de Miguel Hernández; desde esta perspectiva, podrían organizarse vistas guiadas y comentadas de alumnos y alumnas a la casa del poeta, en las que se proyectasen películas y videos sobre su vida y su obra.
Un sin sentido evidente es la existencia de varias entidades cuyo idéntico objetivo es la difusión de la vida y la obra de Miguel Hernández.Finalmente, manifiesto que, a mi entender, la universidad que lleva el nombre del poeta no presta la debida atención a su figura.
¿Cuáles son sus inmediatos proyectos literarios?
En primer lugar, publicar un libro en el que reuniré varios artículos sobre literatura en el País Valenciano, en el que se incluyen doce estudios dedicados a la obra y la vida de Miguel Hernández; por otra parte, la elaboración de mis trabajos para la revista alicantina Auca de las Letras, en la que se incluyen muchas de mis obras en prosa y en verso, y la participación en sus numerosas actividades, es otra de mis tareas preferentes, así mismo tengo pendiente la recopilación de mis últimos poemas, que podrían llegar a constituir la base de una antología de mis versos.