Artículos de Opinión
Sino Sangriento

La muerte de Miguel Hernández es más triste, más angustiosa y más dramática que la muerte pérfida que recibió Federico García Lorca. Como todos sabemos un largo peregrinar trágico la antecedió y el encono y la vileza, no sólo la venganza, ante su honestidad ideológica, le privaron del Sanatorio de Porta Coeli en Valencia que habría podido mejorarle de su afección tuberculosa.

De ninguna manera voy a tratar aquí de esta larga tortura física y psíquica que sufrió Miguel Hernández Gilabert, uno de los más grandes y puros poetas de los últimos siglos de la Poesía española. Sí intentaré hacerlo de la función crepuscular y sentimental del presentimiento funesto que, probablemente, le acompañó a manera de sentimiento angustioso y agüero doloroso durante la mayor parte de su escritura.

Y digo escritura, puesto que en ella se realiza el verdadero acontecimiento sensible e intuitivo del ser-poeta, en tanto que en vida activa el mozo de Orihuela fue siempre hombre de vitalidad positiva, rica en manifestaciones y actuaciones de carácter primario. Manifestaciones que no ocultaron con su fogosidad el pathos sensible y meditabundo que lo conformaba, sino que ofrecían la verdadera riqueza espiritual, lúcida e inteligente de su conocimiento. Y aquella pasión con la que todo es recibido en su sensibilidad y su corazón y que entrega, desbordado y pleno, al devenir de su ida. Y el emocionante delirio que le producen las cosas, las personas, el mundo. Y el renacimiento luminoso de la realidad en las auroras de su espléndido dominio del lenguaje... Así, de pronto, viene hasta mi memoria el asombro que causaba a Vicente Aleixandre aquel joven poeta, de zapatillas blancas, que gateaba a los árboles y saltaba de alegría ante la luz generosa del día y el ardor esplendente de la primavera...

Sin embargo, el Miguel Hernández que escribe se tizna de un sentimiento agónico que perturba la energía positiva de su manifestarse. Siempre que leo, recito o pienso en la textualización argumental de una parte importante de la poesía de este poeta español, me impresiona profundamente el autoconvencimiento de la fatalidad amarga y desolada que lo llena, el presentimiento de catástrofe que define sus argumentos, y los augurios de penalidades que lo deslumbran y lo cercan sin solución ni salvación posible:

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Esta intuición de tragedia, de suceso existencial profundo y trágico que le acompañó en el proceso de su literatura, este sino sangriento que convocan sus poemas capitales, le perseguirá siempre, a manera de intuición personal futurible, forzándole a un desarrollo poético de carácter agónico que fraterniza, en las raíces de la intimidad, con la angustia desolada del ser frente a la soledad de su destino:

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

 

Sino sangriento que le acompañará en la argumentación de sus poemas y en las más expresionistas y líricas metáforas de sus versos. La intuida realidad de un funesto acontecimiento, de un doloroso devenir que le espía , que le acecha creándole presagios oscuros en las horas que le florece y ronda la pena, tan hernandiana, como un ala siniestra sobre la planificación de sus escritos. Suceso que sabe inevitable, que siente inevitable, que le marca y edifica en el tiempo ineludible de su inspiración, que no se le revela, sino que se le insinúa vulnerándole las puertas de niebla que abren su futuro. Ante esto (y ahora, especialmente, que conocemos la tremenda desdicha que convocó su vida) cómo no estremecernos cuando en el “Silbo de la llaga perfecta”, dice:

Abre, Amor mío, abre
la puerta de mi sangre.

Abre, para que salgan
todas las malas ansias. (...)

Yo encuentro en este Amor mío, religioso, un primer anticipo (aunque esté referido a otras significaciones de culpabilidad ) del dolor oscuro que llevaba clavado a la manera de Juan de la Cruz: qué bien sé yo la fonte que mana y corre. ¿Meditó seria y conscientemente alguna vez Miguel Hernández en el origen de esta pena que le poblaba y le describía? ¿Tal vez pensaba en esto cuando escribe :

Con tres heridas viene
la vida, el amor
y la muerte

¿De dónde le vendría a Miguel la pena aquella grande, honda, compañera de su decir y su sentir, nunca codificada ni definida ni explicada, casi incausal como llegada desde el lejano origen de su sangre? ¿Es el subconsciente trágico, shakesperiano de lo porvenir actuando en el conocimiento intuitivo como premoniciones de agüeros de predestinada fatalidad? Su evidencia no es ni tristeza ni melancolía, sino un más allá que no se delimita, ocupando sus reflexiones desde un sustrato incorporado al discurso de la emoción fundamental poética arrastrada por la subconsciencia y la provocación rítmica de la palabra:

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno

 

Naturalmente es una hipérbole fatalista, pero su concienciación está expresa en la realidad de Miguel como ser herido, como sometimiento al oscuro destino que le persigue y que le ha hecho, por naturaleza, posteriormente, y por los acontecimientos que pasó, perder la comprensión en el hombre, que ahora es un ser de características peligrosas (este cambio se expresará posteriormente en el título mismo de alguna de sus obras, así El hombre acecha). Sin embargo, nadie tan inocente en la actitud política, tan entregado a sus propias ideas ni con tanta fe en la bondad natural del hombre. Y por ello no renunciará de su ideología, aunque sabe ya que su constancia, su fe y su fidelidad va a costarle la propia vida. En estas consecuencias, y ante el requerimiento que por las directrices políticas de Franco se le hace ofreciéndole el perdón, él preferirá la inseguridad y el encarcelamiento en una posición de dignidad, connatural en él, que le honra. Ya lo escribió:

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta

Estos fatalismos, más o menos literariamente expresados en sus escritos, se activan en sus enfrentamientos con la realidad, hasta terminar convirtiéndose en el desarrollo funesto de su destino:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado...

 

El sino que canta se señala desde sus poesía iniciales, lo enmarca en la fatalidad y lo persigue en su propia vida: la oposición de su padre a seguir estudiando ( suceso que no he terminado nunca de comprender muy bien ), el segundo y definitivo traslado a Madrid luego de su primer fracaso... Y en la Guerra incivil española del 36, ¿por qué no escapa con Neruda cuando así debiera haberlo hecho? Y la vuelta a Orihuela, donde sabía el encono de la derechona oriolana y la iglesia local, iglesia a la que tanto debía su vocación y cultura iniciales, contra él ahora, y la huida a Portugal... Y su nuevo retorno a los brazos de Josefina, cuando no ignora la peligrosa hazaña que supone Orihuela... Y los traslados a diversas cárceles donde conoció a escritores que posteriormente el régimen franquista perdonó la vida... Y la oposición a su libertad solicitada por tantas figuras relevantes, una y otra vez, de la cultura europea... Y su enfermedad y el retraso del permiso oficial para su ingreso en el sanatorio valenciano... ¿Quién, quién verdaderamente estaba detrás de todo esto? ¿ Qué ocurría “entre bastidores”? ¿Por qué razones no se le fusiló como a tantos miles y miles de republicanos que paseaban en los amaneceres córvidos de aquellos años y aún bastante tiempo después? No lo olvidemos: él había sido secretario del pueblo y estuvo, casi siempre, en primera línea de fuego

Llegados aquí, el sino trágico de Miguel Hernández traspasa el escalofrío y se convierte en miseria. No deseo pensar en los intereses ideológicos que cabría suponer deseaban hacerle un protomártir de la fidelidad y un mártir de la ideología. O lo que es mucho peor aún y mayormente posible: el expreso silenciamiento de su personalidad literaria y su valor universal por aquellos cuyos intereses interfería la calidad honda y humana de esta gran poesía lírico- amorosa, comprometida con los acontecimientos sociales de una época trágica, como su contenido, y derramada de trascendencia, casi religiosa, en el determinismo agónico de la existencia. Silenciamiento que no han podido realizar, que no podrán concluir nunca aquellos que operan desde los sotobosques infames de la traición y del escondite. En estas suposiciones la obra del gran poeta y la pasión trágica de su últimos años, toma otras dimensiones que alguien, más documentado que yo, debería investigar exhaustivamente.

Personalmente siempre me he emocionado con la ingenuidad personal, como individuo, de Miguel y sobre ello, aquel constante presentimiento de muerte próxima que le circunda:

corazón, que de la muerte
nadie a de hacerme dudar.

 

Jesús Hilario Tundidor

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