HEMOS LEÍDO...
“El Madrid de Pablo Neruda”. Sergio Macías Brevis.

Se han escrito, con toda seguridad, ríos de tinta acerca de aquella generación literaria tan brillante y prolífica como fue la del 27. Un grupo de escritores que, si bien es cierto, fue de los pocos que llegó a reconocerse a sí mismo como generación literaria, mantuvo siempre las fronteras abiertas para que poetas de todo signo, clase y condición transitaran por ella con total libertad. Germinaron allí las amistades de gentes tan dispares como José Bergamín, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Jorge Guillén o el propio Miguel Hernández. Y, de entre todas ellas, siempre hubo una tercera persona, un mismo espectador mudo, un telón de fondo que ejercía también de recurrente y cómplice ‘leit motiv’: la ciudad de Madrid. Y es uno de aquellos poetas el que centrará nuestra atención durante las siguientes páginas, gracias al libro del escritor chileno Sergio Macías Brevis, quien se refiere, en El Madrid de Pablo Neruda, a la peculiar relación que mantuvo el poeta Pablo Neruda con esta ciudad.

Tras una introducción preliminar en la que el autor afirma que ‘en este texto nos centraremos en una ciudad, Madrid, y en un poeta de trascendencia pocas veces vista en la literatura universal: Pablo Neruda’, nos encontraremos con quince capítulos en los cuales Macías Brevis trazará una línea por toda aquella relación que mantuvo Neruda con los lugares y las gentes de la ciudad de Madrid. Así, asistiremos a sus años de diplomático en Asia, su amistad con Carlos Morla Lynch, su gran valedor para que el chileno acabara como cónsul de Chile en España, la situación de aquel Madrid prebélico de los años 1934, 1935 y 1936 y su siempre recordado domicilio de la Casa de las Flores, de donde surgieron no solo amistades, sino noches enteras dedicadas a la poesía. Y de todas aquellas relaciones de amistad, destaca el autor, por encima de otras, tres: los “poetas de la tierra y de la sangre”.

El primero de ellos no es otro que el oriolano Miguel Hernández. Mucho se ha hablado de aquella amistad que, quizás junto a la del Nobel Vicente Aleixandre, fueron las que ejercieron una influencia poética más trascendental en la trayectoria literaria de Hernández. Pero, a nivel personal, aquella relación algo fraternal si se quiere, forjada entre paseos y charlas de poesía en la ‘Casa de las Flores’, fue también muy importante para Neruda. Muestras de ello las encontramos en el hecho de que acogiese a Hernández en el seno de su Caballo Verde para la Poesía, e hizo todo lo posible por tratar de aliviar las penurias económicas que lo asaltaban en aquellos momentos tan complicados. Concluye apuntando el autor que, años más tarde, el propio Neruda evocaría aquella amistad con el oriolano en su poema ‘El pastor perdido’, de su libro Las uvas y el viento.

Del gaditano Rafael Alberti, al que Neruda consideraba un intachable revolucionario de la literatura, y al que se hermanó no solo vital sino también estética y políticamente, llegó a afirmar que era ‘el poeta más apasionado de la poesía que me ha tocado conocer’. Con respecto a Federico García Lorca la relación fue un tanto más cercana e íntima, y los lazos de unión llegaron a ser tan sólidos que su pérdida, junto con la de Hernández, fue un golpe del que Neruda tardaría muchos años en recuperarse. Aún así, de aquellos días del Madrid del 34 y el 35, Neruda siempre lo recordaría como aquella ‘voz que tocaba a las multitudes como una guitarra’ y que también ‘derrochaba la imaginación, conversaba con iluminaciones, regalaba la música (...) y hacía de la travesura una obra de arte’.

Madrid también significó para Neruda encontrar el amor, que en el caso del chileno se transfiguró en la argentina Delia del Carril, a la que conoció entre paseos y tertulias literarias, pero cuyo amor se prolongó durante muchos años más. Y el estallido de la guerra civil, y las funestas consecuencias que la contienda trajo, sería otro punto destacable, en este caso negro, de esa relación que mantuvo el chileno con la capital de España. La guerra civil no sólo llegaría a truncar todas aquellas relaciones de amistad que habían germinado durante aquellos años, sino que además supuso que tanto Neruda como todos y cada uno de sus amigos se viesen abocados a un giro radical en cuanto a su concepción estilística se refiere, y también, y no por ello menos importante, a una profunda y obligada revolución dentro de sus propios fundamentos poéticos. Así, esta nueva causa política fue abrazada por Neruda con estricta devoción, entregándose a ella hasta que, una vez perdida la guerra, el cónsul de Chile se vio forzado a abandonar España y, por supuesto, la ciudad que tanto había amado, Madrid.

La edición se completa con numerosas ilustraciones, facilitadas algunas de ellas por las hijas de Carlos Morla Lynch, la Fundación Federico García Lorca, la Fundación Pablo Neruda y el Archivo gráfico de la Embajada de Chile en España. Entre los documentos citados podemos encontrar incluido, por ejemplo, una postal inédita de Pablo Neruda dirigida a Carlos Morla Lynch, fechada el 14 de Marzo de 1932 (p.40), así como otros textos nerudianos igualmente inéditos. En lo referente a Miguel Hernández, el volumen recoge la inscripción consular de Roberto ‘Bobby’ Deglané, con las firmas de Ricardo Reyes (cónsul), Luis Enrique Délano y el poeta oriolano como testigos, fechado el 18 de julio de 1936 (p.76)

En definitiva, una vida tan intensa como la de alguien como el chileno Pablo Neruda, tan rica en matices, en situaciones vividas y lugares visitados, resultaría harto difícil rescatar tan solo uno de aquellos momentos. Pero, a buen seguro que si el chileno pudiese observar este libro que, a modo de postal, refleja todos aquellos años de amistad y poesía, pero también de dolor y barbarie, que asaltaron, casi embargaron, al poeta de Temuco, sin lugar a dudas certificaría la huella imborrable que dejó esta ciudad en su corazón. Recordando a Luis Murguía y Arellano, aquel héroe simpar de la lucha por sobrevivir barojiana que es La sensualidad pervertida, al que el momento de despedirse de un lugar le resultaba harto doloroso, mientras sentía que dejaba allí desperdigados trozos de su alma. Cierto es que la guerra tiñó de amargura y dolor su recuerdo, pero Neruda siempre llevaría a España y a Madrid en su corazón, y esta obra de Macías Brevis, mosaico repleto de emotivas teselas nerudianas, es fiel reflejo de todo aquello.

En esta hora recuerdo a todo y a todos,
Fibradamente, hundidamente en
Las regiones que – sonido y pluma –
Golpeando un poco, existen
Más allá de la tierra, pero en la tierra. Hoy
Comienza un nuevo invierno. (...)

No hay en esa ciudad,
En donde está lo que amo

Ciudad de luto, socavada, herida,
Rota, golpeada, agujereada, llena
De sangre y vidrios rotos, ciudad sin noche, toda
Noche y silencio y estampido y héroes,
Ahora un nuevo invierno más desnudo y más solo (...)

Óscar Moreno

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