
Emergiendo del mismísimo ‘Réquiem’ de Wolfang Amadeus Mozart, “Consagradas las ardientes llamas” o “Adjudicadas las vivas pasiones” es la traducción del latín que pone título a la obra que obtuvo el Premio Nacional de Poesía ‘Fundación Cultural Miguel Hernández’, en el año 2003. Con motivo de la edición de la misma que, por parte del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, ha tenido lugar durante el transcurso del presente año, le hemos dedicado, desde El Eco Hernandiano, una lectura algo más pormenorizada. Su autor, el bilbaíno Sergio Oiarzabal, no es, ni mucho menos, y a pesar de sus recién cumplidos treinta años, un recién llegado al mundo de la poesía. Así, mientras ha estado cursando sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Deusto, ha obtenido, en tres ocasiones (años 1995, 1999 y 2001) el premio de poesía ‘Iparragirre Saria’, organizado por la citada universidad.
El poemario, compuesto por un total de 43 poesías, se estructura en torno a cinco bloques, a saber: ‘La llegada’, ‘Arcángel de los más oscuros sueños’, ‘Versos vs. Mundi’, ‘Tentativa de la hoguera’ y ‘El destierro de la palabra’.
Nos enfrentamos a unos versos oscuros y densos, que encierran múltiples interpretaciones y lecturas. Asimismo, el poso simbolista y surrealista, fruto de las influencias que el autor ha tenido y que más tarde comentaremos, es palpable y evidente. Unos versos ciertamente complejos, que no tratan únicamente de buscar la siempre necesaria complicidad del lector, sino que, además, le exigen un ineludible esfuerzo intelectual para poder llegar a la esencia de una poesía como la suya. A pesar de ello, no encontramos rastro de preocupación alguna por no llegar a transmitir todo aquello que quisiera con sus crípticas palabras; pues, a lo largo del poemario, sobrevuela sobre el lector la sensación de confianza que Oiarzabal profesa al universal lenguaje de la poesía, y que presupone inherente al lector de sus poemas.
Unos versos que, no exentos de cierto riesgo formal, y cimentados en el uso predominante del versolibrismo, se lanzan en pos de cantar a la muerte, o la incipiente necesidad, teñida de rebeldía, de aferrarse lo más posible a una vida que se niega a dejar escapar por entre sus manos, como los granos de un reloj de arena roto. Pero, es precisamente ese uso del verso libre una de las características que más destacan, pues no se ciñe, ni encorseta, en una determinada estructura métrica. El ingente caudal expresivo que poseen sus poemas encuentra así su lógico vehículo de expresión, y además confiere al autor cierto carácter de renovación y frescura, dentro, claro está, de la evidente complejidad mediante la que se maneja en el texto.
Un autor nunca debe, por otro lado, ocultar sus influencias, ni soslayar su admiración por aquellos, sus autores. Así, las citas al pie del título de los poemas son abundantes, y muestran el gran bagaje cultural que Oiarzabal ostenta: del surrealista André Bretón al fino Rainer María Rilke, pasando por Juan Larrea, Jorge Luis Borges, Francisco de Quevedo, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Reinaldo Arenas y, como no podía ser de otro modo, el oriolano Miguel Hernández. La presencia constante de estos autores, el latir de sus versos en muchas de las poesías, son prueba fehaciente de la completa y provechosa asimilación que de sus lecturas ha hecho.
Un libro éste que, en definitiva, propone una poesía a veces con tintes surrealistas, a veces simbolistas, en ocasiones plagando las páginas de imágenes y metáforas, y otras tendiendo puentes hacia lo onírico o lo terrible. Desde la oscura y compleja poesía de Flammis acribus addictis , emerge no sólo un merecido ganador del premio, sino también un prometedor poeta cuyos pasos debemos seguir con interés. Basten estas líneas como prueba de todo ello.
“Llora en el aposento desde donde reina con su negra piel en el abismo /
y caen amaneceres con un grito de guerra que hacen avanzar cegados /
ejércitos de una lucha, donde la respiración de los dragones son murallas que atesoran /
sus únicas riquezas”.
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