Libros perdidos

AMISTAD CON MIGUEL HERNÁNDEZ. Manuel Molina

En este número de “El Eco Hernandiano” retomamos la sección “Los libros perdidos”, que, como el lector habrá deducido, nos presenta una publicación sobre la vida de Miguel Hernández, la cual, por diversas razones, no ha trascendido lo suficiente y desde aquí se intenta recordar.

No estamos ante una biografía al uso, sino ante un cúmulo de recuerdos, que van desde la pincelada costumbrista en el momento en que describe Orihuela, el entorno y las tradiciones de la época de Miguel, hasta la enumeración de personas que formaron parte de la vida del poeta, y que también conoció Molina a través de él. Además, se caracteriza por una visión distinta que no suele estar presente en otras obras biográficas; éstas nos relatan la vida de cualquier personaje ilustre de una manera objetiva y estricta, y destacan en muchas ocasiones por su falta de lirismo y un estilo carente de afectividad; por su parte, “Amistad con Miguel Hernández” nos llama la atención por tratarse de una biografía narrada desde la perspectiva de una persona que conoció al poeta oriolano, que relata los diversos sucesos con un punto de admiración constante hacia Miguel y, como vate que era Manuel Molina, con una dosis lírica en cada una de sus descripciones. En definitiva, nos acerca a la vida de Hernández desde la óptica de un amigo.

La cosmovisión hernandiana ha sido objeto de varios de los artículos y de las obras de Molina, como “MH y sus amigos de Orihuela”, edición de Ángel Caffarena (1969); también el artículo llamado “Dos homenajes a Picasso y uno a Miguel Hernández” dentro de la revista “Idealidad”. Entre sus publicaciones se halla la que comentamos a continuación,“Amistad con Miguel Hernández”.

Esta obra es un conjunto de artículos periodísticos publicados en la prensa alicantina que el autor decidió presentar de forma conjunta. Una vez recopilado, se editaron en Alicante en la editorial Silbo el día 28 de marzo de 1971, que coincide con el aniversario de la muerte de Miguel. Manuel Molina, a lo largo de veinte capítulos, parte de lo general y llega a lo concreto; primero, nos sitúa en un ambiente determinado y en una fecha concreta, para luego dedicar algunos de los capítulos a personas que pueblan ese entorno hernandiano. Esos escenarios son la calle de Arriba, la tahona de Fenoll, la casa de Miguel y su huerto, y sus personajes son Ramón Sijé (capítulo VII), Aleixandre, Alberti (cap. X), Josefina Manresa (cap. XVI), etc.

Una de sus mayores características es su visión personal e íntima, como, por ejemplo, la descripción que realiza de Miguel:

“Era alto y vigoroso, sonrosado de sol, alegre por fuera y por dentro serio” (p.28).

Su mayor fuente (y no sabemos si única) es su conocimiento personal, ya que carece de bibliografía para la mayoría de las secciones. A través de una prosa fluida y amena, nos acerca subjetivamente a la vida de Miguel y su entorno. Esta percepción particular se intuye en algunos de los artículos del libro que nos ocupa, como, por ejemplo, el caso de la tahona de Carlos Fenoll, sita en la calle de Arriba, a la cual le dedica tres capítulos: “La calle de Arriba” (cap. 19), “Carlos Fenoll” (cap. V) y “El pastor y el panadero” (cap. VIII).

Manuel Molina se autodenominó el “benjamín del grupo familiar”, que se reunía en esa panadería, pero hay que reconocer que el escritor todavía era demasiado joven para asistir a estas charlas, y, además, se duda de la existencia de éstas. Algunos críticos hernandianos cuestionan que tuviera lugar; por lo tanto, se puede pensar que Molina llegó a idealizar aquella situación. Puede ser que concibiera esta tertulia para rendir homenaje a Carlos Fenoll, poeta poco valorado e injustamente olvidado según la opinión de nuestro autor y, además, contribuyó a la formación lírica de Miguel. Se dieron ciertos elementos para que pensara su existencia: Hernández vivía en esa misma calle, Sijé frecuentaba a menudo la panadería, pero, por ejemplo, este último acudía a este lugar ya que era novio de la hermana de Carlos. A pesar de ello, tales casualidades no dieron lugar una tertulia literaria.

A través de la prosa de Manuel Molina el lector es testigo de los inicios literarios de Miguel y nos cuenta la manera en la que influyó el ambiente oriolano en su obra. Tenemos el ejemplo de la calle de Arriba, donde nació el poeta; ciertos tipos de allí le servirán de inspiración para algunos de los personajes de sus relatos en prosa y también para su obra dramática, como el personaje del borracho de “El labrador de más aire”.

En esta dedicatoria a Miguel se capta el sentimiento de agradecimiento del autor a través de varios aspectos, tanto a nivel literario como personal. En el aspecto literario reconoce su deuda, ya que estuvo influenciado por él, y no duda en afirmarlo; Hernández le dio a conocer la poesía de algunos de los grandes, como Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Y en el aspecto personal, íntimamente relacionado con el anterior, Molina no olvidó el momento en que conoció a Rafael Alberti, a Emilio Prados y, sobre todo, a Vicente Aleixandre. Miguel ayudó a Manuel cuando éste fue a Madrid en plena guerra civil. Molina afirmó: “Todos, en un retablo sorprendente, dentro de aquella realidad, bombardeada y dura” (p. 38).

Intentando inducir al lector curioso a conocer otras obras sobre el poeta oriolano, recomienda desde una visión modesta y, al mismo tiempo, sincera, estudios como los de Mª de Gracia Ifach, con “Cartas a Josefina”, o la de Concha Zardoya, entre otras.

Según va avanzando esta peculiar biografía, apreciamos una mayor dosis de erudición; si la primera parte está redactada desde la perspectiva de la amistad y del afecto y, por tanto, más subjetiva; la segunda se caracteriza por sus referencias literarias y el monotema sobre Miguel se amplía a otros autores. Una vez en este punto, Molina realiza una comparación con poetas como Antonio Machado y César Vallejo. Eleva a Hernández a la categoría de poeta universal, pero el mismo Miguel no era consciente de la dimensión de su obra y de la magnitud que había alcanzado; Molina nos habla de una situación en la que le pidió un autógrafo a Miguel y éste le contestó:
“Pero tú te has creído que soy una bailarina” (p. 42)

La forma de narrar de Molina está impregnada de un halo romántico e idealizado y, por ello, todo lo que rodea al poeta oriolano más universal. Alude a la existencia de la tertulia literaria de la tahona de Fenoll (mencionada anteriormente), parece acentuar la pobreza de Miguel, habla de las envidias que sentían los poetas menores de la generación del 27, considera que Josefina es “la musa ideal” de Miguel (cuando se sabe que no fue la única), sin embargo, y, a manera de colofón, no debemos olvidar que es una biografía-homenaje a su poeta favorito, al que se refiere como su maestro literario y quien le ayudó en algunos momentos difíciles.

María Martínez

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