Adolfo Rodríguez Nieto
CURRÍCULUM

Licenciado en Medicina por la Facultad de Medicina de La Universidad de Valencia (Promoción 1971-1977).
Diplomado en Nutrición por la Escuela de Nutrición de la Universidad de Granada, 1976.
Múltiples cursos, cursillos y seminarios sobre diversas materias médicas: Higiene y seguridad en el trabajo, geriatría, traumatología, psiquiatría, dermatología, pediatría, etc.
Se inicia en la fotografía de manera autodidacta en Valencia, en el laboratorio del Colegio mayor San Francisco Javier. Allí participa en diversas exposiciones durante los años 1972 a 1977.
Miembro del staff organizador de las Jornadas Fotográficas de Guardamar en las ediciones 6ª (2001), 7ª (2002) , 8ª (2003) y 9ª (2004), encargado de coordinación de diversos seminarios, talleres y exposiciones (Cristina García Rodero, Luis Baylón, Miguel Oriola, etc.) y de la Conferencia de presentación de la 9ª edición de dichas Jornadas.
Exposición colectiva “Lugares y Gentes”, Club Náutico de La Vila Joiosa en Noviembre de 2002, con el Grupo Fotográfico f:8 de Elche del que forma parte desde su fundación en 1996.
Exposición “El tiempo sobre La Pinada. Perímetros e interiores”, Casa-Museo Ingeniero Mira de Guardamar del Segura, agosto de 2002, junto a Juan José Pagola Moreno y Ricardo Quesada García.
Director del grupo 2 del Proyecto Fotográfico “Corredor de Almansa”, de la Universidad Miguel Hernández, 2006-2007.

“LA FOTOGRAFÍA COMO EXPRESIÓN ARTÍSTICA”

Adolfo Rodríguez Nieto

Hoy pocos dudarán en reconocer a la fotografía como una forma de expresión artística. Para muchos, probablemente por la cortedad de su existencia (apenas siglo y medio desde que se dota de normas técnicas y estéticas que propicien su entrada en el Olimpo), o por su gran dependencia técnica, es tenida por una forma de arte ‘menor’.

Podemos definir el Arte como la “actividad de la inteligencia por la que se expresa la creatividad mediante signos o acciones para intentar una comunicación de múltiples niveles, no sometida a reglas concretas. Esa multiplicidad y carencia de reglas impide afirmar si un suceso o acción es o no artístico sin referirse a la vez a la experiencia perceptiva de los espectadores”. Espíritu creador, creación no sujeta a norma alguna y emoción en el que la contempla podrían resumir la esencia de toda obra de Arte, y por ende aquello que se le requiere.

Una cámara, independientemente de sus automatismos, “es una pieza de equipamiento sin vida hasta que una persona la manipula. Así se convierte en una pieza única de respuesta, una extensión del ojo y la mente del fotógrafo”, que debe decidir lo que debe ser incluido y excluido, precisar el ángulo y distancia de la toma, analizar la calidad de la luz y determinar ese momento, casi mágico, del disparo.

No es exagerado afirmar que con la fotografía nace una nueva civilización. Si bien los orígenes de la fotografía pueden encontrarse en el Renacimiento, hasta el advenimiento del poder económico y político de la clase burguesa, en el siglo XIX, no se le dota de un lenguaje técnico y unos objetivos estéticos propios.

Históricamente el modelo de representación que la fotografía ha venido a rescatar es reconocible: desde las manos y huellas dactilares impresas en cuevas y asentamientos del Paleolítico Superior hasta las vidrieras góticas. Todo ello conforma un principio de representación eminentemente fotográfico: la capacidad de representación de todo lo subjetivo que habita en el objetivo de la cámara.

Desde la cámara oscura, cuyos principios ya eran conocidos por Aristóteles (y que fue perfeccionada durante el siglo XVIII), hasta la ‘industrialización’ de la fotografía, artistas de todas las épocas, incluidos los renacentistas, se han dotado de medios técnicos que facilitaran su trabajo.

A medida que los conocimientos y avances técnicos facilitaron el desarrollo y, consiguientemente, el uso de la fotografía, arreciaban las críticas a su consideración como manifestación artística.

El espíritu romántico, en los albores del siglo XIX consideraba toda manifestación artística fundamentalmente como un acto humanista de tradición manual, imbuido de una capacidad imaginaria exclusiva del espíritu, relegando a la fotografía a la consideración de mero instrumento técnico de apoyo al artista o, en el mejor de los casos, a considerarla como un excelente método de documentación.

En tanto que la creatividad, entendida como encarnación del espíritu del artista, alumbra, como producto más elevado, la obra de arte, a la fotografía se la ve como una imitación o reproducción perfecta de la realidad, nacida del automatismo y por tanto muy alejada de su consideración como obra de arte.

La imagen-foto fue ascendida desde sus comienzos a la condición de verdadero espejo de la naturaleza, llegando incluso a sustituir a la visión humana. Por eso mismo debía quedar relegada a un mero sistema de observación y documentación de la realidad, inservible para la mirada artística. En todo lo anteriormente enunciado subyace una elemental aceptación: la consideración de la fotografía como prueba inexcusable que atestigua la existencia de los objetos y la verdad de nuestras propias percepciones ópticas.

En este contexto y como consecuencia de los avances técnicos que sufrió la fotografía, fueron sumándose nuevos elementos para mantener viva la polémica. Así la aparición del colodión (Scout Archer en Gran Bretaña y Gustave Le Gray en Francia, ambos en 1851), permitió el desarrollo industrial y comercial de la fotografía, con lo que se dispuso de un sistema operativo rentable, eficaz y fiable que propició su expansión y permitió la presentación al público “del invento”.

Todos estos acontecimientos, que hicieron posible la industrialización de la fotografía, favorecieron su “socialización”, es decir permitieron la utilización de la misma por amplios sectores sociales, no adscritos al mundo artístico o científico, lo que exacerbó más aún los ánimos de determinados intelectuales e incluso, como vimos antes, de muchos fotógrafos (pictorialistas).

Así a finales del siglo XIX convivía una industria fotográfica que avanzaba con enorme rapidez (favorecido por el avance científico en general y el propio del medio fotográfico en particular) que facilitaba su uso por un gran número de individuos, con el trabajo de unos cuantos fotógrafos solitarios que intentaban convertir su actividad en una profesión liberal digna equiparable a la que desarrollaban pintores e intelectuales (Eugene Disderi, Nadar, etc.).

Los fotógrafos pictorialistas, pese a su oposición al desarrollo de la fotografía que había supuesto la industrialización y socialización de la misma, fueron probablemente los que, en aquellos ‘desconcertantes’ momentos, más contribuyeron a la consideración de la fotografía como Arte, ya que, y pese a que sus planteamientos han sido superados, dotaron a la fotografía de contenido ético y estético acorde con las normas academicistas más clásicas.

Es injusto, a la vez que imposible, tratar de reflejar en esta exposición, las aportaciones, en muchas ocasiones simples matizaciones, no por ello carentes de significación y de importancia, que multitud de fotógrafos han propiciado para la consideración de la fotografía como Arte. Sería preciso para ello realizar un recorrido minucioso de toda la historia de la fotografía. En la actualidad, y en determinados ambientes fotográficos, se desarrolla una lucha similar con la aparición de la fotografía digital: la irrupción de una nueva tecnología, de nuevos instrumentos técnicos, de nuevas metodologías de producción fotográfica, suponen para muchos fotógrafos (¡quién lo diría!) una desvirtuación del carácter artístico de la fotografía.

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