Colaboraciones
RINCÓN LITERARIO
Poema en cuatro tiempos

Comenzó una historia de poetas malditos,
Y sueños sin fin, regados con absenta y humo.

-“Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces.
-¿Sabes...? Cuando estás muy triste son agradables las puestas de sol.
-Entonces ¿El día que viste los cuarenta y tres atardeceres estabas muy triste?”
AntoinE de Saint-Exupéry, El Principito.

1. La casa

Tierra baldía, blanca,
virgen de sueños, flores, ramas.
El cielo siempre negro,
sin estrellas ni luna.
La casa deshabitada.


2. El cielo

Mujer sin tiempo,
sin presente, pasado o futuro.

Mujer vacía, sin sueños
nunca quiso ser estrella
estallar en primavera florida,
poblar su vientre de alegría
sembrar todo el suelo de verde.

Que nacieran mil estrellas, o lunas, o soles...
descargar la lluvia de su pelo
en la tierra muerta,
habitar toda la casa,
y que sus muros fueran
testimonio de sueños,
y no encerrar, sino la vida.

3. Tierra sin nombre

Juego a ser “juansintierra”,
como un “juansinsueños” cualquiera,
para enterrar amores con absenta
o sus mil variantes de ingenio.

O morir por dentro,
derribar otro “Partenón” privado
que fue arcana hoguera y fuente,
y parir poemas sin fin, para,
conjurar este final.

Gracias a la absenta, no recuerdo
si hubo amor,
o cielo y estrellas,
si habitamos aquella casa
y ardió la nieve.

A veces la esperé, encerrado entre libros,
entre voces antiguas, podría hallarse,
y entre Homero fui el primer heleno
que murió sin defenderse o incinerado
como Dido con el fuego del hastío.


¡¡¡¡¡¡Y dónde está nuestro hijo!!!!!!

4. Hijo de nadie o de la genética impar

Nací entre el silencio.

No cantó ningún pájaro
al amanecer del triste día.

No hubo flores nupciales
ni cantos en el himeneo.

Fue un tálamo solitario,
sin paseo bajo la lluvia
lejos de mayo.

El destino quiso dejar
una casa despoblada,
un cielo sin estrellas
sin luna y la tierra...
quedaron todos en futuro.

Epílogo
Y el poeta, de nuevo
enciende otro cigarro,
bebe un nuevo sorbo de absenta,
esperando el sentido, que aún,
aún no ha llegado y sigue encerrado
en un eterno otoño de cristal.
José Vicente Quiles Ros

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