ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 


El amor en Miguel Hernández

 

Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte
M.H.

Hasta el día de su fallecimiento, en 1987, Josefina Manresa luchó contra todas las calumnias que yacían de los biógrafos e investigadores que únicamente pretendían el morbo y la controversia como fuente de dinero. Halagó, corrigió y calló según correspondía, a expensas del tiempo, ya tocase en los años finales del siglo XX o bien, cincuenta atrás, cuando los ejemplares del poeta quedaban apartados en las esquinas de alguna librería, sobre una vieja caja de cartón en la que colgaba la etiqueta de “obras republicanas”. Pero toda defensa conlleva un peligro que debe eliminarse –los propios-, que la eterna compañera del poeta no pudo limar. Josefina Manresa siempre negó de forma explícita la posibilidad de que otras mujeres hubieran sido motivo de sus versos o merecedoras de un espacio en la vida de su marido, Miguel Hernández.

Su primer y alocado amor de juventud brota cuando le delatan el temblor de sus manos y la rojez de sus pómulos, en su Orihuela natal, y contempla a aquella muchacha llamada Carmen Samper Reig, que le rechazó porque “tenía ojos de loco, como si quisieran salirse de sus órbitas”. Un tiempo después, se produce su marcha a la capital. Las epístolas iniciales a su llegada a Madrid van dirigidas a Josefina, hasta que la distancia se convierte en un muro infranqueable y el tiempo mata los recuerdos.

Entre las numerosas hipótesis de esta causa que sostienen los estudiosos, la más evidente: la pura y electrizante atracción entre el poeta y Maruja Mallo. Ella era una pintora de indudable valor, con prestigiosas colaboraciones en la Revista de Occidente, sus decoraciones para el teatro de Rafael Alberti o sus exposiciones en la ciudad de las luces. Él, un poeta que venía de la naturaleza cargado de versos. Porque la poesía es siempre un acto de amor como de liberación, ya que nada nos libera tanto como amar. Gracias a las reconstrucciones que nos sirven otros intelectuales de la época, conocemos sus escarceos bajo los puentes, sus salidas por las afueras de Madrid y sus noches recostados en los trigales, contando juntos las estrellas. Tras el rechazo de la pintora gallega, Miguel se sumergió en los amores efímeros de María Zambrano y María Cegarra. Y es que Miguel Hernández era creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa y en el amor que no acaba.

18 de octubre de 2003. Rodeado de amigos, entre copas y risotadas, nos animamos con una partida al Trivial. Fruto de la casualidad, me preguntan cómo había muerto Miguel Hernández. Me invaden algunos de sus versos. Como aquellos que responden a las aventuras que nos tiene deparada la vida, a sus sorpresas, sus amores, sorbos, tragos... hasta que se presenta la muerte vestida de negro, de una sola y entera pieza. Y en esta pregunta –me digo- cuento con ventaja, y cuando me dispongo a contestar “de fimia pulmonar”, me contengo y respondo “creo que fue de amor”.



Juan José Payá Rico
3º Periodismo
Universidad Cardenal Herrera-CEU
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