Antonio Moreno, Jurado del Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández” 2010

Antonio Moreno nació en Alicante en 1964. Filósofo y autor de varios libros de poesía que han despertado la admiración, sin reservas, de poetas y lectores exigentes. Pocas veces en la poesía española última, hallamos una sensación de verdad, de autenticidad, que no necesita de más explicación que su mera lectura. La poética de Antonio Moreno ha sido calificada por Carlos Marzal como “la mejor poesía desde finales del siglo XIX”; una poesía que nos acerca a los temas cotidianos que han preocupado al hombre desde siempre.

Entre sus publicaciones encontramos libros de poemas como “Libro del yermo” (Aguaclara, 1993); “Solar antiguo” (Pre-Textos, 1996); “Visión del humo” (Pre-Textos, 1998); “Metafísicas” (Pre-Textos, 2000); “La tierra alta” (Comares, 2006) y “Tabla rasa” (Centro Cultural Generación del 27, 2007). Todos ellos están recogidos en el volumen titulado “Intervalo” (Comares, 2007). Además, es autor de dos cuadernos en forma de diario, “Mundo menor” (Denes, 2004) y “El laberinto y el sueño” (Renacimiento, 2009), y de los libros de prosas “Alrededores” (Pre-Textos, 1995) y “Partes de un todo” (Huerga y Fierro, 1999), dos obras que, sin ser estrictamente poéticas, exponen una prosa depurada y magnífica.

Asimismo, ha reunido algunos escritos de crítica literaria en “Los espejos del domingo” (Renacimiento, 2004) y tradujo “El primer llibre de les èglogues”, de Vicent Andrés Estellés (Denes, 2002).

Recientemente ha publicado “Nombres del árbol” (Tusquets, 2010), con el que ha alcanzado el cénit de su carrera.

Antonio Moreno es un poeta que, al margen de su condición alicantina, está abriéndose paso en el panorama nacional por su alta calidad literaria. La elegancia y la sutileza intelectual de sus versos hacen de su poesía una auténtica lección moral.

Es la primera vez que forma parte, como jurado, de esta edición del Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández. ¿Qué ha significado para usted esta experiencia?

La experiencia ha sido similar a la de otros jurados. He formado parte de algunos otros, y siempre hay un conjunto de obras que se seleccionan. Cada uno considera que alguna o algunas son las mejores y, finalmente, se somete todo a un proceso de criba, de selección, hasta quedar dos trabajos finalistas, generalmente: el libro ganador y otro. Y, bueno, siempre hay un sentimiento agridulce, porque, claro, uno se alegra por quien ha ganado, pero también siente cierta decepción por quien no ha llegado a obtener el premio, siendo también merecedor.

¿Qué opinión le merece el conjunto de los poemarios presentados? ¿Ha sido difícil la elección de un solo ganador?

Para mí no. Les confesaré que el libro que yo seleccioné ha quedado finalista. No es el ganador, pero sí que tenía claro que éste reunía más méritos. Con esto no estoy diciendo, en absoluto, que la obra ganadora no sea merecedora del premio, sino, sencillamente, que para mí no fue nada difícil porque el tono general era aceptable, pero libros que descollasen mucho no había tantos. La poesía es un bien milagroso y, por tanto, no se puede prodigar. Es muy raro que en un concurso destaquen muchos trabajos. 

¿Qué distingue a la obra ganadora de las demás?

Lo que distingue a la obra ganadora, yo creo que es la gran dosis de verdad y experiencia que reúne. Una verdad que es sostenida por una reflexión literaria rigurosa. Yo diría que, sobre todo, es ese componente de verdad y experiencia lo que la distingue. Había otras que también tenían ese mismo ingrediente, por ejemplo, la que acabo de comentaros.

Su poesía muestra un acercamiento hacia los asuntos cotidianos que han preocupado al hombre a lo largo de la historia, unos valores muy próximos a los que encontramos en la obra de Miguel Hernández. ¿Ha influido, de alguna manera, la poesía de este autor, también alicantino, a lo largo de su trayectoria poética? ¿Ha sido un referente para usted?

Yo he tenido una relación de menos a más con Miguel Hernández. Cuando era más joven, quizá, no supe justipreciar su magnitud como poeta. Y, en este sentido, me parece que no, que no es un poeta que se halle dentro de lo que es mi periodo de formación literaria. Con todo, conforme han transcurrido los años, su obra, para mí, ha ido creciendo, sobre todo, su obra última. El último Miguel Hernández es, para mí, el que atesora lo mejor, lo más granado. Hay que tener en cuenta que murió jovencísimo, cuando algunos poetas todavía no habían llegado ni a madurar. Un poeta con una trayectoria truncada, es sorprendente las cimas que alcanzó. Y, sobre todo, en el período de “Cancionero y romancero de ausencias”, ese es el periodo último, ya muestra un poeta en plena madurez, en plena granazón, y lo que yo valoro, precisamente, es la esencialidad de esa última parte de su obra.

De su poesía se desprende una sensación de autenticidad y de verdad difíciles de encontrar en otros poetas. ¿Qué opinión tiene acerca de la poesía española, o internacional en general?

Eso es como hablar de la opinión que me merece el océano. Dentro de la poesía, es imposible, siendo honesto, contar con una opinión que uno pueda sostener, que es una opinión sólida y con elementos de juicio fundados. ¿Por qué? Pues porque poetas hay muchísimos y, claro, ya solamente en el ámbito nacional es muy difícil estar al corriente de todo lo que se publica, porque se publica una cantidad ingente de libros. Con todo, dentro del panorama de la poesía nacional, hay distintas generaciones de poetas mayores, de poetas todavía vivos como Francisco Brines, de la generación del cincuenta, pasando por poetas de los años setenta y poetas más jóvenes. Hay literatos que representan un capítulo indiscutible de la historia de la literatura española, de una poesía viva y, yo creo que, destinada a ser leída por distintas generaciones.

Algunos de sus libros de poemas, publicados entre 1990 y 2007, fueron reunidos en el volumen “Intervalo”. ¿Qué significó para usted ver recogidos en un único volumen todo el trabajo desarrollado durante esos años?

En realidad son todos los que aparecen recogidos, a excepción del último, que se ha publicado este último mes, en la editorial Tusquets.

Una recopilación de una obra completa representa una reflexión sobre el camino recorrido y, también, una posibilidad de someter lo que uno ha escrito a revisión, y a una posibilidad de poder corregir. El poema acabado, sabemos que no es más que una ilusión, eso no existe. El ejemplo más dramático de esto lo tenemos con Juan Ramón Jiménez, que nunca daba por concluida ninguna obra, ningún poema. Y esa recopilación supuso una posibilidad de reflexionar con más detenimiento, y de dar una versión con la que uno estaba más conforme en el momento de publicarlo.

Es autor de varios escritos de crítica literaria, como los recogidos en “Los espejos del domingo”. ¿Cómo valora el panorama de la crítica literaria actual?

Una pregunta difícil. Generalmente, la crítica literaria es una crítica de orientación académica, y yo considero que un crítico que oficia como tal en la prensa, no en los medios, debe ser, sobre todo, un orientador para un lector que quiere informarse y, evidentemente, es casi inexcusable que dé una opinión, que puede ser acertada o desacertada. Realmente, eso algunos críticos tienden a eludirlo, posiblemente porque no pueden vivir solamente de su profesión o, quizás, no les apetezca demasiado.

En su último libro, “Nombres del árbol”, queda patente una madurez poética que refleja el momento álgido en el que se encuentra su carrera actualmente. ¿Cómo valora el esfuerzo realizado a lo largo de su trayectoria profesional? ¿Ha merecido la pena?

Lo de la madurez poética es discutible. Es un paso más en el camino.

En la poesía hablar de esfuerzo es mala señal. Un novelista tiene que hablar de esfuerzo porque tiene que someter su trabajo a revisión. Esfuerzo, sobre todo, entendido en el sentido de ser paciente. Sin embargo, la poesía obliga a un esfuerzo de paciencia con la propia poesía y con uno mismo, para no precipitar en la escritura la entrega de los poemas. Eso es el mayor esfuerzo. Por lo demás, pretender que la poesía es un ejercicio hercúleo, al menos, tal y como yo la escribo, es un poco ilusorio. Un poeta que sí tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo, titánico, fue Góngora. Pero no es mi caso. Sobre todo, el trabajo es el ejercicio de paciencia, como el del pescador, que tiene que aguardar con la caña muchas horas hasta que los peces piquen.  

La Fundación Cultural Miguel Hernández trabaja por la difusión de la figura y obra de este poeta ¿Tenía conocimiento de la labor que realiza esta entidad?

Sí, claro. Vivo cerca de Orihuela. Se puede decir que tengo un vínculo con esta ciudad, ya que mi primer libro ganó el Premio Miguel Hernández, y la primera vez que visité la casa del poeta fue cuando asistí a la entrega del galardón. Pero de eso hace ya veintidós años.

Desde dicha Fundación se están realizando diversas actividades con motivo del Centenario del nacimiento del poeta. ¿Propondría alguna iniciativa especial para sumarse a este homenaje?

La verdad es que las actividades concretas de la Fundación no las conozco con detalle, pero creo que la actividad fundamental, más allá de toda la programación de escaparate que pueda hablar por parte de cualquier fundación, ayuntamiento o institución, más allá de eso, la labor fundamental es trasladar el conocimiento de la obra a los centros donde se forman los lectores, que son los centros de enseñanza, desde los niveles más básicos, desde la escuela, donde los niños son más receptivos de lo que pensamos a la poesía, los centros de educación secundaria y de educación superior. Ésa es la mejor iniciativa que puede tener cualquier tipo de institución, sea la Fundación Cultural Miguel Hernández, la Diputación…

¿Qué proyectos tiene para el futuro?

De momento nada. Terminaré de corregir un libro de prosa que he concluido. Ese es el proyecto más concreto y claro, la corrección de este libro.

María Rodríguez Martínez
Mónica Guirao Beltrán


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