MIGUEL HERNÁNDEZ Y SU RELACIÓN CON EL ARTE

Alberto Sánchez

El escultor Alberto Sánchez nació el 8 de Abril de 1895 en Toledo, detalle importante este ya que, como nos refiere Valeriano Bozal “el paisaje agreste y fiero de la tierras castellanas, influirá decisivamente en su talento creador”. Su padre, Miguel Sánchez, fue “zagal de pastor como Miguel Hernández”, para ser finalmente panadero como indica Enrique Azcoaga, oficio este último que seguirá Alberto Sánchez en ayuda de su padre. Asistió durante cuatro meses a una escuela de párvulos abandonándolo definitivamente por la venta del fruto horneado de los trigales.

Es a la edad de doce años cuando, da inicio su andadura cosmopolita, dejando atrás su tierra natal y descubriendo nuevos mundos a explorar. Arriba a Madrid, donde ya se alojaba su familia, y es en la capital, con quince años, cuando un amigo suyo llamado Jiménez, dependiente de una farmacia, le enseña a leer y a escribir. Más tarde aprende el oficio de zapatero, aunque no conforme con su situación, intentó, sin éxito, ingresar en una Escuela de Artes y Oficios. Como consecuencia de ello busca trabajo en el taller de un escultor-decorador, pero según Azcoaga “pronto dejó el oficio, convencido que, hacer vaciados en escayola, no era una tarea extraordinaria”, volviendo al antaño trabajo de su progenitor, que tan necesario era, para la dieta cotidiana de su tiempo.

Pero sucesos externos le hacen crecer como artista y como persona, en concreto “la Guerra de Marruecos” en 1916, que le sobreviene a la edad de 21 años. Destinado al Regimiento Mixto de Ingenieros de Melilla, descubrirá el poder inspirador del paisaje y la fuerza que esta inflama en su capacidad creadora. Como resultado de ello, tallará sus primeras esculturas, “una de moro y otra de mora”, esculpidas directamente en piedra. Es importante esta aventura marroquí, ya que en los desérticos parajes africanos, toma conciencia de su vocación artística, conjurándose en los objetivos que él mismo se marca.

A su vuelta a Madrid, tuvo que continuar con su antiguo empleo en la tahona. Frecuentando repetidamente los “cafés”, siempre en busca del ambiente propicio para la realización de sus ideas, junto a las figuras más relevantes de la vida cultural capitalina, como su gran mentor Rafael Barradas, uruguayo de nacimiento, que lo apoyará en todo momento. También es importante subrayar, la gran influencia que en él incidió, el descubrimiento en el Museo Arqueológico de Madrid, de la escultura ibérica y su marcado esquematismo, que acompañará su estilo en todo momento. Tal es así que, en el año 1925 obtendrá el espaldarazo decisivo, al participar en la “Exposición de Artistas Ibéricos” de 1925, que Azcoaga resalta “como hito divisorio, en la vida artística española”, ya que rompe con el “Academicismo”, ya en desuso en el resto de Europa, conectando, en cambio, con las renovadoras ideas que afloran tras los Pirineos.

Sus obras son expuestas junto a figuras como Salvador Dalí, Benjamín Palencia, Francisco Bores, Francisco Cossío o José Fran, en las salas que su maestro y amigo Rafael Barradas poseía en Madrid. En esta coyuntura obtiene, gracias a un reportaje de Juan de la Encina en “La Voz” (9 de Junio de 1925), el apoyo de instituciones tan prestigiosas como el Ateneo y el Museo de Arte Moderno, que solicitan a la Diputación Provincial de Toledo una pensión, pudiendo así dedicarse por completo a su ingenio. Será el periodo 1926-1939 el más prolífico en su producción artística, sin lugar a dudas.

Entre sus proezas, es de destacar su inclusión en “La Escuela de Vallecas”, junto a Benjamín Palencia, como respuesta al anacronismo de la expresión que en el país se imponía, ya que muchos de los autores renovadores, habían abandonado el país, instalándose en París, algo a lo que Benjamín Palencia y Alberto Sánchez nunca estuvieron dispuestos.

En este contexto renovador, podemos enmarcar la conexión que mantuvieron Miguel Hernández y Alberto Sánchez, como bien indica Aitor Luís Larrabide Atxutegi en “La Lucerna” cuando nos cuenta “en una persona como Miguel Hernández que se bebía el paisaje, los postulados estéticos relativos al paisaje de la Escuela de Vallecas debieron impactarle”, al igual que a otras figuras consagradas del panorama literario de la época como Rafael Alberti, Federico García Lorca, León Felipe o Pablo Neruda que elogiaron a Alberto Sánchez y lo admiraron.

Obras como “Mujer con Bandera”, “Toro”, “Maternidad” y un sin fin más, dan idea de la concepción del arte que ofreció, como paisaje del ser que nace de él, inspirándose en la realidad para a partir de él, abstraer de ellos el sentimiento que en la inconsciencia inspiran. Con texturas de una ferocidad casi primitiva e hiriente, que nos trasladan a la tierra y a las formas que esta produce. Hitos creativos que seguirá esculpiendo, fielmente aún a pesar de su exilio tras la confrontación fraticida de 1939, viviendo en Moscú hasta su fallecimiento en 1962, pero sin dejar jamás de tallar, soñar e innovar.

Alfonso Moya
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