“Este jilguero agenda”
“Este jilguero agenda” ha sido la obra ganadora del Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández 2007. La galardonada, Sara Mesa, explica en una entrevista concedida a “El Eco Hernandiano” el porqué del título escogido para su poemario:
“El título, “Este jilguero agenda”, es esencial y explica en gran parte todo el poemario. [...] Es un verso de Francisco Pino, al que admiro muchísimo, y en su agramaticalidad refleja el contraste entre la palabra fijada en el verso y la incertidumbre acerca de su validez y su futuro. [...]”.
Seguidamente, citamos la valoración de algunos de los miembros del Jurado:
“En primer lugar, creo que es un libro muy bien construido. Los poemas están admirablemente conjuntados, desde el punto de vista estructural, formal, incluso desde el punto de vista temático. [...] Están relacionados con la perspectiva de una persona joven, esa tensión entre el mundo de la naturaleza y también en la cultura adquirida y el paso del tiempo. [...]”. Francisco Javier Díez de Revenga.
“[...] es una obra atrevida, es una obra no previsible, no se somete a la camisa de fuerza de los versos clásicos, [...]”. Ángel Luis Prieto de Paula.
“[...] Tiene una variedad temática, tiene una unidad de tono, tiene una unidad de juego de imágenes que son muy brillantes y tiene una gran unidad rítmica. [...]”. Arcadio López Casanova.
“Me parece que es un libro muy fresco que asume riesgos por la palabra bien encajada”. Carlos Marzal.

Soy libre y poderosa.
El universo se extiende para mí.
No hay vínculo que me sujete al suelo
salvo mi voluntad.
Las plantas de mis pies son suaves, virginales.
Jamás uso zapatos.
El espacio es tan amplio, tan extenso
que a veces siento vértigo.
Pero es un estremecimiento dulce,
un vahído de placer. No deja huellas
ni dolor alguno.
Mis pestañas se vuelven infinitas.
Abrazo con mis ojos lo que quiero.
Y lo retengo enérgica a mi lado.
Poseo el firmamento; sé nombrarlo.
Mi cuerpo ya no pesa. Puedo avanzar
con acuáticos saltos,
como el viento.
Me es extraño el concepto de límite
porque el espacio es ancho
y no es ajeno.
Cuando llueve es siempre lluvia mansa y fértil.
Hasta en mis uñas brotan plantas verdes,
húmedas de sol,
fragantes como risas.
Todo me pertenece. Puedo modificarlo
y rehacerlo a mi antojo.
Dormiremos despacio nuestro sueño de nieve
Tus dulcísimos lóbulos enaltecen mi nuca.
Anudas tus cabellos en mis dedos.
Tu saliva se vierte por mi lengua; tus venas
están entrelazadas con las mías.
Tu sangre es ya mi sangre,
tu aliento parte ya
de mis pulmones vigorosos.
Eres musgo en mi piel.
Siento el fulgor azul del incendio conjunto
del cristal de tus uñas en mis piernas de leche.
Pero yo quiero arder
donde el frío acerado devora la esperanza.
Este deseo es ahora más fuerte que el hielo,
más sólido que el tronco de este roble.
Quiero fundirme, transmutarme en agua.
Quiero no ser más piel, no tener huesos.
Quiero no pesar nada, extenderme en la tierra.
Quedarme así, permanecer callada
para siempre.
Pero muerdes mis labios. Susurras
dulces órdenes, me pides
que me duerma. Y yo me duermo.
La nieve nos envuelve,
despacio nos arropa.
Congela nuestros sueños y nos mece,
una, dos, tres, nos mece.
Ángel terrible que siempre me acompañas
Ángel terrible que siempre me acompañas,
llevo tatuado en mi respiración
el fulgor de tus ojos de acero,
el brillo de tu espada.
Siempre vienes conmigo,
y la azabache dureza de tu pecho
pretende ser mi almohada,
y tus plumosas alas gigantescas
el timón de mis pasos.
Es imposible quitarte de mi vista,
quitarte de la lluvia y de la noche,
quitarte de las sombras;
te escondes tras el sol y destella tu vientre
de despiadado ser celeste e inmortal,
y tu solemne reverberación
todo lo eclipsa.
Has cegado mis ojos con azufre,
me has quemado la vista azul de antaño;
de mis sueños permanece tan solo
polvo liviano,
ligero entre tus garras.
Compañía terrible,
siempre vienes conmigo
y ya no me imagino sin tus labios
susurrando en mi herida,
sin tu andar poderoso
que se desliza despacio en mi costado,
sin tu presencia cuajada de amargura
sin tu nocturna
caricia,
sin tu aliento.
Ramsés II
Duerme Ramsés II en su gélida sala.
Amanece en París.
Desterrado de su Egipto natal
hace mucho que el gran faraón
ya no llora.
Horas después me detendré a mirarlo
y rozaré ligeramente sus rodillas de piedra
con mi mano.
Qué gran mentira decir que vi a Ramsés II.
Lo que de él me llegó
fue un halo de abandono,
la nostalgia de Tanis,
la reverberación tardía del flash de tantas cámaras.
Desde su asiento trágico y solemne
me contempla y me engaño:
sabiendo que jamás penetré
en su duro secreto
aún digo por ahí que qué belleza.
Ante el espejo
Hoy, como cuando niña,
me he mirado al espejo
con el firme propósito de asustarme a mí misma,
y con mis mismos ojos.
Me he desdoblado como un folio
que revela un secreto,
como una carta que explicara el misterio
que nos atenazó por tanto tiempo.
Mi rostro ha desprendido una expresión ajena.
Ha viajado por él un alma
que no es mía.
El pavor me seduce como entonces.
Yo quiero entrar en ésa que me mira.
Quiero poseer su espíritu. Quisiera
al menos conocerla,
acariciar su cara.
Pero el espejo me ha desafiado
con su dureza impenetrable;
se ha reído de mí
con su pétrea e inexpugnable suficiencia.
Quisiera atravesarlo como el agua.
Arrojarme en su esencia compacta, indestructible.
Romperlo,
convertirlo en polvo, pasar
al otro lado, cruzar
el límite sagrado.
Quiero vencer el miedo hacia ese yo
que no es yo pero tampoco es otro,
ese yo que comparte mis rasgos
uno a uno.
Pero hay enigmas que nunca se desvelan.
Este tenaz, perseverante espejo
me lo ha impedido con su fulgor de plata,
una vez más, como cuando era niña.
Y como entonces,
como en aquellos años solitarios,
me he retirado asustada
y pensativa.

Marisa Meseguer
Monse Serna
Mayte Sánchez Gómez
Fotos: Mayte Sánchez Gómez