Jorge Valdés Díaz-Velez

“Los Alebrijes”

El Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2007, que otorga la Fundación que lleva el nombre del universal poeta, recayó sobre el poemario “Los Alebrijes” del mexicano Jorge Valdés Díaz-Vélez. Este autor explica en una entrevista concedida a “El Eco Hernandiano” el significado de alebrije y el sentido que pretende dar a su poemario. En primer lugar, define literalmente esta palabra de origen mexicano para después aportar el sentido que dicho término adopta en su trabajo: “tomé su nombre para dar título al libro y al bar que en él aparece a modo de centro gravitacional de los poemas y de los diferentes seres que habitan entre sus líneas”. No es la simple poetización de anécdotas acontecidas en un bar cualquiera, sino que “es un registro estructurado de la existencia y la reflexión propias y ajenas, de los espacios urbanos y oníricos”.

Los Alebrijes” es un conjunto de poemas compuesto de cinco partes: “I. Cuando anochece”; “II. Banda sonora”; “III. Solo contigo”; “IV. Caída libre”; y “V. Última sombra”. Para Valdés, su obra “es una metáfora que alude a realidades que se sobreponen y suceden simultáneamente”.

El Jurado de este premio destaca como característica principal del poemario su frescura, su variedad de tonos y de temas, su lenguaje culto nada ostentoso, que hacen de ésta una obra llana y de fácil lectura.

Hora feliz

Mañana no trabajo, dice ella,
nos podríamos ir a Cuernavaca.
Sólo tomo cerveza, dice él,
el whisky me cae mal, casi no bebo.

Anoche te soñé, responde ella,
estabas en Sri Lanka o aquí, lejos.
Pidamos un helado de pistache,
dice él, te compré un ramo de orquídeas.

Tú sabes que no finjo, ella le dice,
tuve miedo a morir cuando venía.
El partido acabó sin goles, dice
él, y además el árbitro era pésimo.

Vi en la televisión «Yukio Mishima»,
la Garbo, ella sentencia, era muy guapa.
Hernán, si bien recuerdo, aquel amigo
tuyo, acota, fue actor en «La Traviata».
Pájaros negros con enormes alas,
le repone, saquearán el verano.
Bailemos un danzón, le dice él
mientras sopla la espuma de sus labios.

Ars amandi

Nació en Valladolid el grave caballero
que viene cada lunes. De la guerra, en un buque
de llantos y penurias llegó riendo muy chico,
huérfano del terror y la desesperanza.
Aquí maduró, tuvo tres hijos, se hizo viejo
sin perder el acento de Castilla, el amor
por sus dos patrias, por el cine de Buñuel
y los toros de lidia, la música, la mesa
con chiles en nogada los domingos. Al bar
lo acompañan sus nietos y una novia, y se beben
con él vinos del Duero y mezcal con gusano
de Oaxaca. Desea que al morir no sepulten
ni guarden sus cenizas. Que las suban muy alto
en un avión, arriba del Anáhuac, sin lágrimas,
para ver en el aire la ciudad contra el cielo,
y las dejen después flotar en esta urna
grandiosa que es el Valle de México. No estuvo
la semana pasada ni la otra. Es posible
que el viento, las buhardillas, la oscura flor, el canto.


Sobre mojado

Dame un poco de ti, llena mi copa
con la lluvia que ayer tocó tu pelo,
hilos de manantial, gotas de mayo
en la oscura pureza de su forma.

Deja que me acaricie la garganta
y esclarezca la voz para nombrarte
su cauce presuroso, el mar, el río
resonando hacia el fin. Escanciaré

el fondo de cristal con los destellos
del líquido ajustado a su deleite.
En la orilla la sed serán los labios

nocturnos animales que celebren
el color bermellón de nuestra sangre,
un hálito del bosque a flor del agua.

María Martínez
Marisa Meseguer
Monse Serna
Fotos: Mayte Sánchez Gómez
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